Catalana de origen, aunque residente en Madrid desde los diez años, e hija de uno de los grandes actores clásicos del teatro y el cine españoles, José María Caffarel, Carmen Caffarel Serra emprendió en los últimos años una apasionante y fecunda trayectoria profesional que le llevó primero a la dirección general de RTVE (2004-2007) y, desde 2007, a la Dirección del Instituto Cervantes.
Ella es, por encima de todo, una gran experta, por un lado, en Comunicación, como catedrática de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y, por otro, en Lengua Española, como Doctora en Lingüística Hispánica por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, en la cual también fue profesora titular de Teoría de la Comunicación en la Facultad de Ciencias de la Información.
Bastante al margen de las rencillas políticas, el Instituto Cervantes ha desarrollado, en tan solo dos décadas, un impresionante proceso de expansión por todo el mundo. Tras abrir su delegación australiana, hoy cuenta con 80 sedes distribuidas por 44 países de los cinco continentes. Convoca alrededor de 6.500 actividades al año y, con tamaña estructura, sus 2.000 empleados más o menos fijos parecen pocos, aunque a ellos hay que añadir los profesores, cuyo número fluctúa en función de las matrículas, alrededor de 250.000 al año. Porque el español (idioma oficial en 21 países) es, hoy en día, la segunda lengua más estudiada del mundo.
Pero esta vez, Carmen Caffarel recibe a ORIGEN en su despacho del Instituto Cervantes, en Madrid, básicamente para descubrirnos su faceta "gourmet", una indisimulada pasión por la buena mesa y los productos de calidad y, sobre todo, su convencimiento de que la despensa y la gastronomía configuran uno de los mejores caminos para acceder a la cultura de los pueblos. Por eso, dice haber celebrado por todo lo alto la designación de la Dieta Mediterránea como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Y como lo mejor es predicar con el ejemplo, nos habla de la decisión que, gracias al empuje de su hijo Pablo, le ha llevado a convertir el jardín de su residencia madrileña en un pequeño huerto, "donde hemos plantado hasta semilleros para la rúcula y donde estoy disfrutando mucho con la sabiduría de las tomateras, que escalonan su producción para que disfrutemos de su fruto en su punto de maduración. Pero también de berenjenas, de calabacines, de calabazas, de patatas. La lástima es que, como también tenemos perra, no todo es perfecto y se ha comido las lechugas". Por esta pasión por la comida y por otras muchas razones que después nos explica, le parece fundamental que el Instituto Cervantes, avanzadilla de la cultura española en todo el mundo, apoye, cada vez más y desde sus ochenta sedes, a la materia prima y a la cocina españolas.
¿Cuáles son sus platos en el recuerdo, los sabores de la infancia? Una receta que no faltaba nunca, sobre todo en verano, porque es muy típico de mi tierra, era el pa amb tomàquet. Éramos una familia que veraneábamos todos juntos y era maravilloso ese ritual de tostar el pan, de añadir un poquito de ajo, con esos tomates recién cogidos de la planta. También recuerdo que me encantaban las setas. Era una comida deliciosa, que tengo asociada al periodo vacacional, porque durante el curso, con el ritmo del colegio, la alimentación era más cotidiana. También me recuerdan muchísimo a mi abuelo, que vivía en Alcarràs, en Lleida, los caracoles con alioli. Le recuerdo preparando el aceite y el ajo en el mortero, sentado en una silla de enea. Y luego, claro, la cocina de mi madre, que era la mejor del mundo. Aunque vine pronto a vivir a Madrid, la memoria de los sabores, las canciones, la poesía, la sigo teniendo catalana. Por eso, en mi casa siempre se han cocinado muchos fricandós, verduras a la plancha, escalibada; todos productos y recetas mediterráneas. Además y a pesar de que mi padre salía mucho en la tele de la época, las comidas eran siempre un momento importante del día y estaba prohibido comer y cenar viendo la televisión. Es decir, que siempre disfrutamos de la mesa como lugar de encuentro y de conversación.
¿Cuáles son sus palabras "gourmet" favoritas? Hay una catalana que me encanta porque la gente la pronuncia muy mal y yo la pronuncio bien, que es esqueixada, un plato absolutamente maravilloso de mis orígenes catalanes, igual que las mongetes. Pero, más allá de las palabras, me gusta hablar, por vivencia personal, de todo lo que evoca al Mediterráneo. Ese olor a la anchoa en L'Escala, esos melocotones de mi tía Francisqueta en Lleida, que recogías del propio árbol.
¿Cuánto hay de cultura en el hecho de comer, en el momento gastronómico? Absolutamente todo y quien no lo vea así, se pierde muchas vivencias. Comer es mucho más que alimentarse y en esta institución lo tenemos clarísimo, porque la cultura gastronómica dice mucho de cómo somos y cómo interactuamos. Por eso, son muchísimas las actividades que organizamos alrededor de ella. De hecho, me atrevería a decir incluso que están entre las que más público convocan. Se dan clases de cocina española y se reivindican los productos de nuestra tierra que, en algunos escenarios bien lejanos, arrasan. Desde este punto de vista, la cultura gastronómica no solo tiene que ver con el hecho de comer. Hay cantidad de libros de literatura, obras de pintura, fotografías, sobre el placer gastronómico, porque se valora desde todas las disciplinas. Es un placer que te permite establecer diálogo sobre lo que comes, lo que hueles, lo que sientes, lo que evocas.
En sus 20 años de actividad, ¿cuál ha sido la aportación del Instituto Cervantes a la cultura española? Sin lugar a dudas, es la historia de un éxito que ha sido reconocido como tal con galardones tan importantes como el Premio Príncipe de Asturias o el Premio a la Marca Renombrada. Somos la institución más valorada en el exterior por la ciudadanía, lo que significa que hemos sabido exportar nuestro modelo, sin necesidad de señalar de qué español estamos hablando, porque se trata de un idioma que nos convoca a 500 millones de personas y una cultura que está en Europa pero que también recorre toda América y algún día nuestro finde será más popular que el week-end. El Instituto Cervantes ha sabido llevar esa lengua y esa cultura a todo el mundo y siempre sumando y dando una imagen de diplomacia pública, dialogando con las culturas que nos acogen. Y eso es siempre lo mejor para penetrar en un lugar nuevo. Es lo que nos ha permitido, a pesar de que sólo tenemos 20 años de historia, compararnos con el British o con el Goethe alemán. Hemos sabido hacer, incluso copiando lo mejor de esas instituciones, pero siempre diferenciándonos de ellas. El Goethe solo reivindica cultura alemana y no tiene en cuenta por ejemplo a Austria, y el British solo es cultura e idioma británicos. En cambio, el Cervantes reivindica el español universal y esa es nuestra mejor virtud, como comprobamos cuando a Mario Vargas Llosa le dieron el Premio Nobel y fue a nuestra sede de Nueva York a ofrecer sus primeras declaraciones. Porque el Cervantes es su casa y la de todos los que hablamos en español.
¿Cuál es el sesgo personal que ha intentado introducir como directora del Instituto? En estos cuatro años han sido varias las prioridades. La primera, seguir trabajando sobre lo construido, no hacer tábula rasa sobre lo que han hecho mis antecesores, una política fundamental para que una institución progrese. Hemos insistido en ampliar esa red de Institutos Cervantes que para nada es aleatoria, sino que lleva detrás numerosos estudios prospectivos para ver cuáles son los lugares donde tenemos que estar presentes como lengua y como cultura. También hemos intentado mejorar si cabe la calidad de nuestra oferta con formación continua de todo el personal. Pero quizá haya dos señas de identidad que han marcado estos años. Por un lado, la búsqueda de los públicos más jóvenes. Si en el mundo no hispanohablante la gente joven conoce el español y nuestra cultura, serán los empresarios y dirigentes del mañana que hablen nuestro idioma. Y la segunda, apostar por las nuevas estrategias de comunicación y de enseñanza, encabezadas por el Centro Virtual Cervantes, que nos permite estar presentes donde no podemos estarlo físicamente. Todo esto nos acerca a los nuevos lenguajes de los jóvenes. Además, me siento muy orgullosa de Cervantes TV, porque está posicionada en Internet como la primera televisión cultural en español del mundo.
¿Qué iniciativas concretas ha emprendido el Instituto Cervantes en defensa de los productos alimentarios españoles? Todos los Centros tienen indicaciones de realizar actividades culturales en torno a nuestra materia prima y la cultura que se genera alrededor de ella. Da igual que sean obras de teatro, novelas, fotografía, cine; todos son grandes referentes para hablar de cultura gastronómica. Para ello, contamos con la colaboración de cocineros y productores. Y cuando termina una de las actividades culturales que organizamos, ofrecemos un vino español acompañado de algún producto de nuestra tierra.
El lugar donde mejor se aprecia la riqueza alimentaria de un lugar es posiblemente un mercado. En sus recorridos por los Institutos Cervantes del mundo, ¿recuerda alguno que le llamara la atención? Sí, el mercado de pescado de Tokio. Me encanta el pescado y en eso somos muy parecidos Japón y España. ¡Qué riqueza marinera! Me recordó además a esos zocos que recorría de pequeña, donde las distintas especies estaban en cestas y no como se exhiben ahora. Me impresionan también los mercadillos con los productos de la huerta. Procuro recorrerlos cuando visito un país, porque me dicen mucho de su cultura. La propia estética de los mercados es una riqueza maravillosa para la vista, aunque sean muy diferentes entre sí de unos países a otros.
Y en Madrid, ¿visita también los mercados cuando su agenda se lo permite? Los pocos que van quedando, aunque ahora están volviendo algunos bajo un nuevo concepto. Me disgusta que en la zona donde ahora vivo no haya mercado. Eso me obliga a visitar las grandes superficies para abastecer mi fondo de armario de la cocina. Pero la frutería y la pescadería las visito independientemente porque disfruto mucho de ellas. Siempre me fijo en el origen y, en la medida de lo posible, adquiero productos españoles, más en este momento porque creo que estos pequeños gestos ayudan a que la gente sobreviva. Los tomates, la fruta de temporada y diversos pescados nunca faltan en mi cesta de la compra.
El Día E alcanzó los objetivos previstos; ¿qué idea tienen con respecto a la celebración de esa efemérides en el futuro? Queremos que se institucionalice, porque pertenece a todos los que hablamos español, independientemente de donde estemos. Sobre todo, queremos que se celebre en el mundo no hispanohablante. El éxito de este año nos ha impactado. Por eso, la celebración que iniciamos el día que el Instituto cumplía 18 años, la mayoría de edad, queremos que ya no sea tanto nuestra como de quien se la apropie. Convocamos a todo el mundo que ha querido venir y ha ido creciendo. Es un lujo tener un día en el que en todos los rincones del mundo se reivindica el español, se piensa en español, se habla en español. Esto nos ha trascendido y, en este sentido, estamos recibiendo todo tipo de propuestas, no sólo de España, sino también de países hispanos por parte de instituciones que quieren organizar más actividades. Éste será el camino.
¿Y la alimentación va a seguir estando presente en la celebración del Día E? Por supuesto que sí. En todos los Institutos Cervantes se preparó comida española. Tuvo, por ejemplo, gran repercusión la enorme paella que se preparó en China. Son imágenes que todo el mundo reconoce como características de nuestra cultura y no pueden faltar en un Día E.
¿En qué proyectos está inmerso el Instituto de cara al futuro? Es evidente que no somos ajenos a la dificultad de la coyuntura a nivel mundial, pero eso no quiere decir que nos paralicemos. Lo que estamos haciendo para no detenernos es colaborar cada vez con más instituciones. Desde este punto de vista hemos creado el Círculo de Amigos del Cervantes, a través del cual convocamos a empresas para que vayan de la mano en la labor de internacionalización del español. Esas empresas nos ayudan desde el punto de vista económico. Eso nos ha permitido, a pesar de la crisis, seguir avanzando. También estamos intentando desarrollar estudios prospectivos para saber cuáles son los lugares en donde el Cervantes tiene que incrementar su presencia porque hay cada vez más demanda del español. Es el caso de Estados Unidos, donde aún no estamos presentes lo suficiente, sobre todo si consideramos que en 2050 será el primer país hispanohablante del mundo por delante de México. También en la región Asía-Pacífico y en el Africa subsahariana. Y en tiempos de crisis, es cada vez más importante seguir apostando por el número 81 de nuestros centros, el Cervantes Virtual, abierto a quien quiera conocer la cultura española, a aprender español online o, mejor dicho, en línea.
Finalmente, en un día caluroso como hoy de principios de otoño ¿qué le gustaría tomarse y con qué vinos lo acompañaría? Empezaría con una buena ensalada. A diferencia de la mayoría de la gente, no me gusta mezclar el tomate con la lechuga, porque en la combinación suele entrar en juego el vinagre y el resultado no me gusta. En mi casa se presentan por separado y de diferente manera. Yo mezclo con unos calabacines y unas berenjenas a la plancha para que cada uno se la componga como le apetezca. No me gusta la cocina muy elaborada, sino las cosas naturales. Por ejemplo, tomaría también un buen pescado o algo de marisco a la plancha. Después, el queso, que me vuelve loca, una torta del Casar, que me apasiona, con un vino potente que la acompañe. Y al final, fruta, que es lo mejor del mundo, un buen melón de piel rugosa de sapo.
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