Miguel A. Torres Riera (Barcelona, 1941), cuarta generación de una de las grandes dinastías del vino español, es actualmente presidente y consejero delegado de Bodegas Torres, la prestigiosa multinacional con origen y sede en el Penedés y gran pujanza en los mercados internacionales. Aunque ya se ha iniciado el proceso de relevo generacional en la persona de sus hijos Mireia y Miguel, mantiene con pasión la batuta y reafirma permanentemente su gran vocación como enólogo y su interés por todos los aspectos relacionados con la viticultura.
Autor de libros tan prestigiosos y exitosos como “Viñas y vinos”, “Man of the Year 2002” para la revista Decanter y “Personality of the Year 2005” para Wine Internacional, se ha convertido en uno de los grandes personajes mundiales del sector. Poco dado a comparecer públicamente, ORIGEN ha tenido la oportunidad de hablar con él en el santuario familiar de Mas Rabell, mientras el sol de otoño bendecía las labores de vendimia en el Penedès.
¿Cuáles son sus primeros recuerdos infantiles asociados al mundo del vino, que ya envolvió toda su infancia?
Son aquellos aromas frutales y florales de una antigua bodega en la que fermentaba el vino. Es lo que más ha permanecido en mi memoria asociado, sobre todo, a los meses de septiembre y octubre.
Usted ha ejercido siempre como un gran innovador en el mundo del vino, tanto en el propio viñedo como a través de la aportación de tecnologías de última generación…
Simplemente observé cómo se hacían las cosas en California y pensé en por qué no podíamos hacerlo también aquí. Introduje las barricas de roble nuevo porque en España había mucho roble viejo, y en la década de los setenta, nos presentamos en Chile. Mi padre me envió a América. Visité California y fui también a Argentina, pero al ver el Valle Central de Curicó, en Chile, descubrí una verdadera maravilla, un paraíso de la agricultura, la Tierra Prometida, donde además no había filoxera ni otras muchas enfermedades que padecía el viñedo europeo. Tras adquirir la bodega y renovarla, en 1981 empezamos a vender. Hicimos una pequeña revolución en Chile con los blancos, jóvenes y frutosos, como decían ellos, que no existían. Luego vino lo de California, con mi hermana Marimar, también en los ochenta. Y, a partir de entonces, en Cataluña nos dedicamos mucho al estudio de los suelos, como antes habíamos aprendido de los climas, para situar las cepas a las alturas adecuadas. Ahí empezamos a proporcionar a cada finca de la familia, a cada terreno, el tratamiento adecuado. Cuando encontramos un equilibrio especial, creamos los vinos de finca o de pago en una época en la que nadie había apostado por ellos. Y en los últimos años, se incorpora la quinta generación, mi hijo Miguel, en Marketing; y mi hija Mireia, en la dirección técnica. Ahora estamos en plena preparación de la transición. En tres años tengo que dejar la presidencia de la empresa y queremos hacerlo todo lo mejor posible.
Bodegas Torres siempre ha sabido combinar su condición de empresa familiar con un ambicioso proceso de internacionalización ¿cómo se consigue mantener esta doble vertiente?
La empresa ha ido creciendo siempre de forma sosegada y paulatina. Desde los años cuarenta, la media ha sido de un 5% anual, con intermitencias, pero nunca con una evolución desproporcionada. Tenemos por norma, desde la época de mi padre, reinvertir el 95% de los beneficios, con lo cual Bodegas Torres está prácticamente autofinanciada, lo que le da independencia y garantía de continuidad. También nos permite afrontar las inversiones necesarias en materia de compras de fincas, de barricas de roble, etc., además de crear filiales en el extranjero para la distribución de vinos.
Así han conseguido permanecer fuertes ante los vaivenes de las modas, las tendencias, las coyunturas… La empresa es muy sólida, incluso en estos momentos difíciles. Torres comercializa unas 50 etiquetas diferentes y no paramos de crear nuevos vinos, porque nuestro departamento de Marketing es muy activo. Una de nuestras últimas novedades es Natureo Sin, que ha tenido una notable aceptación, y del que ya hemos vendido 10.000 cajas. En España, junto al Penedés, estamos presentes en La Rioja, Ribera del Duero y el Priorat. Además, en Jumilla tenemos parcelas, igual que en Toro, paso inicial para elaborar vinos cuando las circunstancias sean mejores. Nos interesan mucho la Ribera del Duero y La Rioja porque queremos ser capaces de representar en el extranjero las mejores zonas vinícolas de España y no sólo al viñedo catalán.
Si tuviera que destacar el blanco y el tinto que más le enamoran entre toda la gama de Torres, ¿cuáles serían?
El blanco, sin duda, Milmanda, asociado al castillo, a la historia de Cataluña y a sus reyes, que están enterrados en Poblet. La uva Chardonnay ha dado un gran juego y, además, ha ido mejorando todos los años, Y en tintos, quizá la bandera nuestra sea Mas La Plana. También tenemos Sangre de Toro, pero Mas La Plana ha conseguido una gran acogida en el mundo de la hostelería.
Personalmente, ¿qué condiciones debe tener un vino para que le entusiasme?
Cuando hablamos con los enólogos, mi hija Mireia y yo siempre les decimos lo mismo. El vino ha de tener tipicidad y carácter local. Si está hecho en el Valle Central de Curicó de Chile, tiene que ser chileno. No me haga usted un producto internacional porque el vino tiene que ir asociado a la tierra y al clima y, si es chileno, ha de ofrecer unas notas de menta o de eucalipto, el aroma del Pacífico. Por eso, tenemos que respetar siempre estas características locales y comprometernos con la calidad, con hacer mejores vinos cada año. Cambiamos continuamente sus características, porque soy muy inquieto y mi hija también. Por ejemplo, el blanco Viña Sol, uno de nuestros productos más vendidos, es un coupage pero, alrededor de él, hacemos 12 o 13 pruebas diferentes para analizar posibles cambios. Muchas veces, con apenas pequeños detalles, podemos hacer que el vino sea mucho mejor.
¿Cómo se distribuye el volumen de ventas de la empresa entre el mercado nacional y el internacional?
Aproximadamente, dos tercios se dirigen al mercado exterior, una tasa que sigue creciendo y que se situará, creo, en el 70% del total, Aunque Estados Unidos es un mercado complicado, teniendo en cuenta que nuestras dimensiones son pequeñas y que la competencia es tremenda, confiamos en el futuro del mercado chino, país donde nos costó implantarnos, porque allá por el año 2000 había pérdidas y lo normal hubiera sido volverse atrás. Pero somos muy tozudos, seguimos allí y ahora llevamos tres o cuatro años con beneficios. Es la segunda compañía en distribución de vinos en China y ha alcanzado una gran dimensión. También tenemos una “joint-venture” en la India, pero es un país muy proteccionista de los vinos locales. Está muy cerrado al exterior, aunque estamos luchando para revertir esta situación.
En Torres llevan años intentando recuperar variedades autóctonas de viñedo casi extinguidas, ¿cuáles son las que tienen más posibilidades y, sobre todo, hay alguna en la que confíen especialmente?
Las hay que están funcionando muy bien, como la Garnacha blanca que en Cataluña, sobre todo en el Penedés, había desaparecido. Hemos recuperado también la Monastrell, la Garró o la Samsó, que incorporamos a nuestro vino Grans Muralles. Ahora tenemos al menos treinta cepas en la incubadora, que estamos analizando y de las cuales tres o cuatro pueden dar resultados excelentes, aunque no tienen ni nombre o tan sólo el del pueblo de donde proceden. Pero claro, son procesos muy lentos.
La investigación siempre ha sido una prioridad para Torres, ¿en qué líneas de trabajo están actualmente inmersos?
Muy variadas. Es muy difícil resumir toda esta actividad. Cada año en enero, los técnicos de investigación presentan sus trabajos y ahora algunas de las prioridades son el estudio de la madera y su grado de tostado o los corchos, además de análisis en torno a levaduras que generan menos alcohol, para corregir el hecho de que el cambio climático está incrementando el porcentaje de azúcares.
Los cocineros españoles tienen actualmente un gran éxito en todo el mundo, ¿cree que han ayudado también a difundir la calidad de nuestros vinos o los han dejado un poco al margen?
Depende, pero creo que, en general, la buena imagen que tiene nuestra cocina también incluye al vino. Nosotros hemos desarrollado muchas iniciativas en el extranjero junto a Ferran Adrià, Santi Santamaría o Carme Ruscalleda, Y va muy bien acompañar esta expansión de nuestra cocina por todo el mundo con los buenos vinos.
¿Qué opinión le merece el creciente peso en el mercado de los vinos de autor o de alta expresión?
Están muy bien, pero son vinos para minorías, van dirigidos a un sector de prescriptores, a sumilleres, a gente muy interesada en el mundo del vino. Desgraciadamente, la inmensa mayoría de la gente carece de este interés. Muchos lo beben, pero su cultura enológica es más limitada. Por eso son tan interesantes esfuerzos como los que estáis desarrollando publicaciones como la vuestra. Nosotros también estamos en el mismo empeño pero nos debemos a todos los públicos.
¿Cree que ha mejorado el tratamiento que recibe el vino en los restaurantes españoles?
Nadie duda de que ha mejorado, pero sigue habiendo muchos problemas. El otro día estuve en una cena de muy alto nivel en Barcelona y el vino se servía caliente. Había empresarios importantes y muchos estábamos perplejos. Esto demuestra que sigue habiendo mucho por hacer y por eso, nosotros seguimos confiando ciegamente en la formación de los profesionales de la hostelería.
¿Cuál cree que ha sido el efecto de los criterios de Robert Parker sobre el mundo del vino? ¿Esa universalización que ha aportado tiene consecuencias positivas o negativas sobre la evolución del sector?
Los prescriptores como él, o como José Peñín en España, tienen, sin duda, una labor importante que desarrollar, aunque su influencia llegue tan sólo a un segmento muy pequeño de la población. Esto ocurre en España pero en Estados Unidos es exactamente igual. Culturizar al público es siempre positivo, aunque yo apoyaría también a otros profesionales que están defendiendo la cultura del vino a través de los libros o los programas de televisión.
¿Qué mensaje le gustaría lanzar a los poderes públicos para que contribuyan al desarrollo del sector?
Les pediría tan sólo que siguieran apoyándonos y que renunciaran a algunas subidas de impuestos previstas, pues serían verdaderamente nefastas y tendrían consecuencias muy negativas para cientos de miles de familias vinculadas al mundo del vino. Bastante difícil nos resulta vender, con todos los problemas que hay, las nuevas campañas de control de alcoholemia, el escaso apego de los jóvenes… como para que todavía nos lo pongan más difícil. Pero nosotros también tenemos la obligación de acercarnos mejor a toda una generación a la que el vino no le interesa demasiado. Tenemos que educarles para que beban con moderación pero descubran la cultura del vino. De lo contrario, estaremos perdidos.
Finalmente, señor Torres ¿qué se tomaría en un día como hoy, de inicios del otoño, en plena vendimia del Penedés?
Por ejemplo, un gazpacho o acaso un plato de garbanzos o de lentejas, porque me gustan mucho las legumbres y algo de postre. Como poca carne y algo de pescado de calidad, pero que nadie espere encontrar en mí un gran gourmet. Procuro hacer una dieta muy equilibrada: frutas, verduras, ensaladas que, además, me gustan. El plato de legumbres lo acompañaría con Mas Borràs Pinot Noir y el pescado, con un Milmanda.
Los efectos del cambio climático
Miguel Torres es una de los personajes del mundo del vino más concienciados con la problemática inherente al cambio climático y sus repercusiones sobre la elaboración de vinos. Por eso, está convencido de que sus efectos serán enormes y muchas de las investigaciones que se llevan a cabo en la bodega tienen este tema como eje.
¿Cómo convencería a los escépticos del mundo del vino sobre la gravedad del desafío que va a generar el cambio climático?
Tráigamelos aquí, que rápidamente les convenzo. No es que vaya a afectarnos, es que ya lo está haciendo. Si la temperatura sube en dos grados a lo largo de este siglo, como señala la visión de los más optimistas, porque otros piensan que el incremento será todavía mayor, es evidente que los vinos serán diferentes, lo que transformará por completo la actividad en las zonas donde se elaboran. En Cataluña y en otros lugares tenemos la suerte de que hay viñedos a diferentes altitudes. Nosotros ya estamos comprando terrenos a 1.200 m de altura, aunque todavía se tardará en hacer vino allí. Y en Tremp, en el Prepirineo, hay viñas a 900 o 1.000 m y ya se elabora. Es la ventaja de la viticultura, que permite adaptarse a la climatología. Hasta ahora, hemos sabido responder a ese grado que han subido las temperaturas en los últimos 40 años, porque el origen del cambio climático está más atrás. Así, hemos actuado a través de los portainjertos o el riego de la viña cuando es posible, entre otros tratamientos. Porque, más allá de ahí, ya tienes que empezar a pensar en el cambio de cepas, por ejemplo, donde había un Tempranillo poner una Monastrell, lo cual resulta muy diferente. Jugar con la latitud y la altitud representará un cambio importante. A ver que nos dicen en Copenhague en diciembre que hay una reunión del Seguimiento de Kioto y darán nuevas cifras los especialistas. Pero el último Informe para el Cambio Climático ya era muy alarmante.
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