Al frente de la barcelonesa Vila Viniteca, una de las más prestigiosas tiendas especializadas de España y pionera en la introducción de los grandes vinos extranjeros en nuestro mercado, Quim Vila (Barcelona, 1963) está considerado, en su faceta de distribuidor, importador y representante de más de 80 bodegas, el “negociant” por excelencia.
Coordinando un equipo integrado por más de un centenar de personas, también ejerce frecuentes labores de divulgador (ha hecho famosas las fiestas que suele organizar en coincidencia con la feria Alimentaria) y diseña sus propios vinos, como “Paisajes”, en La Rioja, en asociación con el enólogo Miguel Ángel de Gregorio, o Viña al Lado de la Casa, en las Bodegas Castaño, de la D.O. Yecla. Aunque dice que fue radicalmente abstemio hasta los 21 años, atesora amplios conocimientos, desde todas las perspectivas, para hablar, largo y tendido, de la coyuntura que atraviesa el sector.
Los orígenes de Vila Viniteca (Agullers, 7. Barcelona. Tfno. 902 327 777) se remontan a 1932, cuando los abuelos de Quim Vila montaron un colmado, despachos de ultramarinos insustituibles en el paisaje de la Ciudad Condal y que tienen otras conocidas referencias como el Colmado Quilez o el Colmado Murria. En la zona del Borne había, según cuenta Quim, casi una veintena, mientras que las tabernas se distribuían al otro lado de Vía Layetana. Porque el Antiguo Mercado Central del Borne, antecedente de Mercabarna, los almacenes que lo rodeaban y también la cercana Estación de Francia, eran el epicentro de la vida comercial en esta zona de Barcelona.
Después, la inauguración de la Estación de Sants quitó mucha vida al barrio, que pasó una época difícil hasta la década de los noventa cuando las calles se arreglaron y todo empezó a ir mejor. Fue precisamente en 1992 cuando Quim Vila, en asociación con Francesc Martí, decide crear la tienda de vinos especializada que tanto prestigio le ha otorgado y en la que hoy se agolpan más de 7.000 referencias, un 60 por 100 de ellas españolas. Como dice Quim, “no nos interesa tener un álbum de cromos sino ofrecer al cliente un abanico de vinos que no resulte monocolor”.
Y, a su alrededor, muy cerca de Santa María “la Catedral del Mar”, el “imperio Vila” incluye asimismo un colmado de productos gourmet, regentado por su hermana Eva, junto a otros miembros de su familia, con algunas mesas en donde comer y que incluye, por ejemplo, una gran selección de quesos y, a cuatro pasos, un luminoso local de catas.
¿Cómo entra en contacto Quim Vila con el mundo del vino? ¿Cuándo se convierte en su pasión?
Desde pequeño bajaba a ayudar en el negocio familiar y, a partir de los 18 años, empecé a trabajar allí, compaginándolo con mis estudios de Arquitectura. Por la mañana iba a trabajar a la tienda y por la tarde, a la Universidad. Pero era abstemio, no me gustaban ni el vino, ni la cerveza ni los licores. Hasta que a los 21 años hice un viaje a San Sebastián que me cambió la vida. Al volver me apunté a un curso de hostelería y, poco después, tres amigos me incitaron a entrar en la Academia Tastevins de Vilafranca del Penedés. Allí, hace 20 años, asistí al primer “boom” de los vinos del Penedés y de los nuevos cavas.
¿Y cuándo se inicia su faceta como distribuidor a restaurantes e importador?
Tuve la suerte de conocer a Álvaro Palacios cuando él estaba empezando en el Priorato e iniciamos la comercialización de sus vinos en algunos restaurantes, una actividad que ya ejercíamos aunque, a partir de entonces, nos concentramos en marcas concretas. Además, siempre me ha gustado mucho viajar y a Francia iba con frecuencia. A principios de los noventa, España estaba todavía pendiente de dar el salto desde el punto de vista vitivinícola. Poco después explotaría la Ribera del Duero, con sus nuevas marcas, y también el Priorato.
Paralelamente, al cabo de cuatro o cinco años, se produce una revolución en Rioja, de la mano de algunos elaboradores como Finca Allende, Artadi o la familia Eguren, con su Señorío de San Vicente. En el extranjero había una interesante cultura del vino, incluso en países como Inglaterra o Estados Unidos, poco vinícolas tradicionalmente, y aquí no sabíamos apreciar el potencial que teníamos. Nos dimos cuenta, a base de viajar a todo tipo de eventos, de que teníamos grandísimos vinos que promocionar.
Y a ello añadió posteriormente su labor como divulgador…
En realidad, nosotros nos dedicamos a vender vino, no somos profesores. Pero para dar a conocer un vino, hay que explicarlo bien, todo va muy relacionado. Por eso, organizamos presentaciones, visitas a bodegas o catas, como el concurso por parejas que acabamos de celebrar en Madrid. Pero no pretendemos englobarlo todo. Y tampoco somos los únicos: hay más gente que ha empezado en una tienda, distribuye y organiza eventos para popularizar sus vinos. Nosotros quizá somos los más conocidos porque comercializamos en toda España, importamos y exportamos. Lo curioso es que todos acabamos representando y vendiendo los mismos vinos, lo que implica que, en el fondo, vamos en la misma línea.
Y usted también se alía con enólogos y bodegueros para diseñar vinos, ¿cuál es su aportación?
En el año 1998 empezamos dos proyectos. Uno en Rioja, con Miguel Ángel de Gregorio. Descubrimos unas fincas muy singulares que pedían algo especial. De ahí nació el proyecto Paisajes y Viñedos para que cada vino transmitiera el alma del paisaje. Ya llevamos once cosechas y cada una aporta una singularidad. Pienso que es un gran reto que tenemos en España. Buscar viñedos concretos y no sólo en Rioja o la Ribera del Duero, algo muy extendido en Francia, en el Ródano o la Borgoña, así como en Alemania o Italia. También en 1998 empezamos un proyecto con la familia Castaño en Yecla, el Viña al Lado de la Casa, un Monastrell, con algo de Garnacha Tintorera y de Cabernet. Y, hace tres años, acabamos comprando una viña allí. En todo caso, son los enólogos quienes hacen el vino; nosotros sólo ayudamos en su concepción, porque pensamos que debe ser de una determinada manera, y luego nos ocupamos de toda la comercialización.
Distribución al margen, ¿cómo es el vino que le enamora?
Hay amores distintos, pero me gustan aquellos que expresan un lugar, un territorio, un paisaje y transmiten una emoción. Cuando los bebes, te electrizan. También me gusta apreciar que haya una persona detrás de ellos, es decir, alguien que ha hecho algo especial. El vino, en un 80 por 100, es la uva y el terreno de donde proviene, pero luego está la mano del hombre, cómo mima esa uva desde la viña hasta que dulcemente la convierte en vino en la bodega. A igualdad de uva y a igualdad de viña, un enólogo hace un vino y otro hace otro. Está claro que de una uva mediocre no se puede hacer un vino excepcional pero es muy importante el talento.
¿Ha sabido aprovechar el mundo del vino el éxito mediático de la cocina española a escala universal?
En general, a los cocineros españoles les gusta el vino, pero son pocos los que conocen este mundo. Y me temo que nuestro sector no ha sabido aprovechar el tirón mediático de los grandes cocineros. Deberíamos ir mucho más de su mano y hacerles un monumento, porque nos pueden facilitar magníficos accesos. A diferencia de Italia o Francia, no existen apenas restaurantes españoles en el mundo. Y los italianos o los franceses llevan su gastronomía, sus aceites, sus quesos, sus foies los unos, su pasta los otros, y todos sus vinos. Esta gran difusión ha hecho que estén muy presentes y sean los más populares, con un cierto prestigio también en calidad. Por eso, hace falta que los productores de vino español salgan más fuera y se hagan más visibles.
¿Qué le parece la figura de los enólogos volantes, profesionales prestigiosos que prestan su asesoramiento en diferentes regiones para hacer, en principio, vinos bastante similares?
Me parece bien que marquen su impronta. Y cito a uno de ellos, Telmo Rodríguez, gran amigo nuestro, cuyos vinos distribuimos. A nivel mundial, el más famoso es Michel Rolland, quien ha ayudado a mucha gente a hacer buenos vinos. Se les acusa de homogeneizar el gusto, pero hay demasiadas referencias en el mundo y ellos determinan tan sólo unas pocas. Pero marcan tendencias, que bienvenidas sean en los lugares donde las cosas no se hacen demasiado bien. Yo los comparo con médicos, porque llegan a una bodega y ayudan a sanar a los vinos.
¿Cuál cree que ha sido el efecto Parker sobre el mundo del vino? ¿han primado más los valores positivos o los negativos?
Creo que la influencia de Robert Parker ha sido buena, porque ha democratizado, poniendo al mismo nivel zonas aristocráticas con gente que inicia un nuevo proyecto con poco dinero o una viña arrendada no importa dónde. A Parker le preocupa el vino que prueba, no que el elaborador sea de sangre azul o que se trate de un Grand Cru de Burdeos. Además, el éxito de un vino hay que revalidarlo añada tras añada. No es un reconocimiento vitalicio.
¿Qué le parece, en términos generales, el tratamiento que recibe el vino en los restaurantes?
Todo depende del tipo de establecimiento. En mi opinión, lo importante es que el propietario se sienta cómodo con la carta de vinos. Si no hay espacio, se puede tener una oferta más corta, pero un restaurante con aspiraciones debe tener una gran bodega. Luego hay grandes aficionados que tienen un restaurante. Acabo de descubrir, por ejemplo, Casablanca, en Murcia, o L´Escaleta, en Cocentaina, que tienen cartas fantásticas, porque son gente que hace del vino su pasión y su ilusión. Pero todo tiene que acomodarse a la oferta y al precio que se cobra. Si se come por 20 euros, no parece necesario tener un vino de 100 euros. Y también deben estar en consonancia la conservación, el servicio del vino, la oferta y el trato profesional. Me parece esencial que la carta de un restaurante tenga los vinos del país. En Barcelona existe una D.O que se llama Alella, la viña histórica de Barcelona. Resulta grotesco que no se puedan encontrar en los propios restaurantes de la demarcación. Como en Madrid, donde hay muchos restaurantes que no tienen Vinos de Madrid, cuando se están haciendo algunos fantásticos, unas Garnachas frescas y estupendas. En todo caso, para un restaurante la facturación del vino es muy importante en su cuenta de explotación y hay algunos a los que les vendría bien prestarle un poco más de atención.
¿Cuál cree que ha sido la aportación del concepto “vino de pago” a la enología española?
Me parece un poco confuso, más un concepto político que algo relacionado con la calidad o la excelencia. Como las calificaciones de Rioja, Crianza, Reserva… O ¿por qué han desaparecido de la palabra Chianti los grandes elaboradores de esa zona de Italia? Porque les resultaba contraproducente, al identificarse con popular y mediocre. Por eso, prefieren poner Toscana. Es la firma del bodeguero la que garantiza una determinada calidad, no la D.O ni la parcela.
A escala mundial, ¿vamos a tener sorpresas, se puede intuir el despegue de algún país?
A nivel de consumo, todo el sudeste asiático y los países del norte de Europa, los bálticos, además de la India y Brasil, donde se producirá un crecimiento importante. A nivel de producción, mi última sorpresa son algunos vinos tintos de Nueva Zelanda, sobre todo Pinot Noir. En ese país hay una calidad de agua, de suelo y de luz incomparables. Confío también en algunas zonas de Argentina y Chile. Respecto a España, es urgente realizar una clasificación de terruños, porque hoy las calidades sólo las conocen los más viejos del lugar. En Francia o en Hungría, con los Tokaji, la historia del terruño está ya escrita, en España no es así y me parece increíble.
Finalmente, ¿qué se tomaría un día como hoy, de finales de invierno, en Barcelona y con qué vino lo acompañaría?
Me apetecería tomarme las primeras girgolas de la temporada, que están a punto de llegar. Es mi seta preferida, también los ceps y los rovellons a la plancha. Podría optar asimismo por unos guisantes o por unas alcachofas, que acompañaría con un blanco untuoso, que tenga incluso un poco de azúcar residual, como un Guitián. Hay también una trufa negra buenísima y, como aun estamos en temporada de matanza, un poco de presa ibérica a la plancha, acompañado de Les Terrasses, del Priorato, que tiene ese lado graso, es ya un clásico y se ha convertido en un icono cada vez más refinado, que ha de marcar una nueva manera de hacer en la D.O. huyendo de vinos pastosos. De postre, un queso de cabra de pasta blanda de la Sierra de Sevilla, que es una rareza. Y para maridarlo, Belondrade y Lurton.
DE NUESTRAS UVAS...
Desde ORIGEN luchamos por la recuperación de cepas autóctonas más o menos olvidadas, ¿cuáles cree que pueden tener un mayor potencial?
Yo apuesto por el resurgir de la Mencía del Bierzo, muy consolidada entre los profesionales pero no tanto entre el público. Luego está la Xarel.lo del Penedés, pues hay siete u ocho elaboradores que están haciendo grandes vinos; la Rufete, en Castilla y León, que genera vinos frescos y ácidos, pero también ligeros y complejos. Creo mucho en el futuro de los tintos gallegos de la Ribeira Sacra o Valdeorras. Y también en algunas uvas blancas gallegas como la Caiño, con la que se pueden experimentar muchas cosas. Además, me encantan los vinos canarios, absolutos desconocidos. Parece que deberían ir allí unos cuantos enólogos prestigiosos para dinamizarlos. ¿Y qué decir del mundo de Jerez? La culpa del desconocimiento general es sólo suya, porque han tenido un gran mercado exterior. En el mundo no existen vinos con tanta complejidad y a tan buen precio como Palos Cortados, Manzanillas u Olorosos. Pero hay que explicar esta cultura maravillosa y darla a probar. Hay gente nueva como “La Bota de”, que están seleccionando pequeñas partidas y comercializándola
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