Campo de Cariñena: paisaje singular

Faltaban pocos años para que empezara el siglo XX cuando el tren llegó a la comarca de Campo de Cariñena. La necesidad de contar con una línea de ferrocarril que uniera Cariñena con Zaragoza era vital para atender a una demanda que venía de la otra parte de los Pirineos: Francia, arrasada por la filoxera, necesitaba y pedía vino. Tras varios proyectos que no llegaron a cuajar, el 10 de agosto de 1887 el primer convoy de la nueva línea salía de la estación de Zaragoza rumbo a Cariñena inaugurando este enlace que cambiaría sustancialmente el día a día de esta comarca ubicada en la parte central del valle del Ebro.

Texto: Óscar Checa Algarra. Fotos: Óscar Checa Algarra / RV Campo Cariñena / DOP Cariñena

El ferrocarril de vía estrecha provocó un cambio de mentalidad y de la forma de transportar el vino: a partir de aquel momento, los odres de piel de cabra se sustituyeron por los bocoyes de roble. Al tercer día de su inauguración, la estación de Cariñena recibió 600 cubas de madera que, claro está, retornarían cargadas de los famosos vinos de la comarca. Un par de esas cubas y un antiguo vagón se pueden ver hoy en el Centro de Interpretación del Ferrocarril de la Comarca Campo de Cariñena, que es el lugar por donde hemos comenzado este viaje.

Es una buena idea para contar una introducción histórica de esta zona vitivinícola de Aragón que también tiene su propia ruta del vino. Este 2017 se han cumplido, además, 130 años de la llegada del ferrocarril a Cariñena, por lo que la visita a este centro está más que justificada. Está instalado en el antiguo muelle comercial de la estación. De la actual, porque la primera, a la que hacíamos referencia más arriba, estaba justo al otro lado del pueblo, al este, por donde hoy pasa el trazado de la carretera N-330. Los edificios de aquella estación, con sus añadidos posteriores, siguen en pie, y actualmente son parte de las Bodegas Ignacio Marín. Esta bodega familiar tiene aquí su tienda y la sala de barricas donde todavía mucha gente viene a comprar el vino a granel.

La antigua casa del ferroviario se ha convertido en un pequeño museo etnográfico dedicado a las máquinas e instrumentos relacionados con las antiguas bodegas (podemos ver prensas, fuelles para hinchar los odres, encorchadoras…) y otras naves guardan otras piezas que bien pueden servir para completar la historia del transporte del vino: un carro y una camioneta con los que los Marín distribuían el producto por la comarca. La camioneta, además del valor histórico-industrial, tiene una curiosa historia detrás: al parecer, el primer Ignacio Marín, el fundador de la bodega, la perdió jugando a las cartas y, avergonzado, nunca dijo nada al respecto. Pero recientemente, un anciano vecino de la localidad comentó el episodio al bisnieto, que la localizó y volvió a adquirir.

 

Riqueza vegetal

Hay otro museo, éste en la localidad de Cosuenda, que sirve igualmente para conocer la idiosincrasia de esta comarca pero desde un punto de vista diferente. Se trata de Plantaria, un centro donde se exponen, a modo de gran herbario, 300 especies diferentes de plantas que se pueden encontrar en la Sierra de Algairén, la montaña que enmarca este territorio por el oeste y que se divisa desde cualquier rincón.

El paisaje de viñedos con la sierra al fondo es una de las estampas que quedan grabadas en la retina de quien recorre esta comarca, sobre todo cuando coincide con el otoño y los viñedos forman un colorido  patchwork de hojas secas o con alguna de las nevadas de invierno, aunque es verdad que cada vez son menos frecuentes… El caso es que un recorrido senderista por la sierra es un complemento perfecto a las visitas a bodegas de la zona.

Está declarada como Lugar de Importancia Comunitaria (LIC), lo que significa que nos adentraremos en un ecosistema protegido por garantizar la biodiversidad. Estos montes no han sido explotados por lo que encontramos gran variedad de especies vegetales, desde árboles como pinos, encinas, alcornoques, robles, arces o castaños, a plantas de monte bajo y hierbas como la milenrama, la gayuba, la sanjuanera, la cola de caballo, el romero o el sisallo, pasando por otras variedades singulares como el rusco, el acebo, el serval o la Centáurea Pinnata, en peligro de extinción.

También se crían algunas especies de hongos, como el rebollón, que es el nombre que se la da por aquí al níscalo. En otoño es uno de los protagonistas de los platos de los restaurantes de los pueblos de alrededor, como el Care Restaurante, de Bodegas Añadas-Care, que está muy cerca de Cosuenda y de la Sierra de Algairén, en el pueblo de Aguarón, o de La Rebotica, en Cariñena.

Como su nombre indica, aquí hubo antes una farmacia, pero hace ya varias décadas que esta casa funciona como restaurante. Y decimos casa porque la estructura sigue siendo la de una vivienda, con las diferentes habitaciones y recovecos convertidos en pequeñas salitas para degustar la cocina que proponen las hermanas Cros Lacal, basada en la tradición aragonesa y con productos de cercanía, especialmente en lo que toca al vino, donde prácticamente la totalidad de la carta se centra en los de Cariñena.

Moscatelicos y mudéjares

Sí, aquí el vino está presente donde menos te lo esperas: en la fuente de La Mora, de donde brota vino en vez de agua en la Fiesta de la Vendimia; en la taberna La Mazuela, que parece un pub irlandés pero que en realidad es una vinoteca, o incluso en una pastelería, en la de Manuel Segura concretamente, donde han creado unos  pastelitos en homenaje al Campo de Cariñena que se llaman moscatelicos.

La Moscatel de Alejandría es una de las variedades locales con las que se hacen aquí estupendos vinos dulces. Manuel Segura los aprovechó para crear estos pequeños bizcochos empapados en Moscatel, con corazón de pasas maceradas en el mismo vino, enrollados en crema de avellanas y bañados con chocolate al 70% de cacao. Se hace la boca agua, ¿verdad? Lo mismo ocurre con otra de sus creaciones: los mudéjares, unas pastas crujientes de almendra y pistacho caramelizado con nata, sobre una base de chocolate.

Éstas se idearon como homenaje al arte mudéjar de Aragón, declarado Patrimonio de la Humanidad, que es otra de las constantes en el paisaje (urbano esta vez) de la comarca. Lo encontramos en las torres e iglesias de Nuestra Señora de la Asunción (Longares), Nuestra Señora del Mar (Cariñena),  Nuestra Señora de los Ángeles (Paniza) o Nuestra Señora del Rosario (Aguilón), pero también en construcciones de nuestros días, como la fachada de las Bodega Hacienda Molleda, en Tosos, diseñada en ladrillo y con los elementos arquitectónicos y decorativos típicos de este estilo artístico de la época medieval que mezcla las corrientes cristianas con las musulmanas.

Esta bodega está emplazada en una colina a 750 metros de altitud por lo que es un excelente mirador desde el que se divisa gran parte de la comarca. De hecho, la terraza del edificio es uno de los lugares donde suelen pasar más tiempo quienes la visitan, y donde se hacen las catas y degustaciones con un decorado sin parangón: viñedos a pérdida de vista y los contornos azulados de la Sierra de Algairén al fondo.

 

Dinosaurios, Goya y graffitis

 

Continuando hacia el este desde Tosos alcanzamos el límite de la comarca de Campo de Cariñena y entramos en la de Campo de Belchite. El primer pueblo con el que nos encontramos es Fuendetodos, pero antes tenemos que pasar por Villanueva de Huerva, donde está el único yacimiento de icnitas (huellas de dinosaurios) descubierto en Aragón. El Paso es el nombre de este yacimiento, y se puede visitar siguiendo una senda cercana al río Huerva. Encontraremos huellas que, según los paleontólogos, pertenecieron a dos individuos de diferentes especies.

La más grande sería de un Allosaurus, un dinosaurio carnívoro bípedo, que medía más de tres metros de altura, y la más pequeña de un Dromeosaurido. Se quedaron aquí marcadas cuando esta parte de Europa era una zona pantanosa y de estuario. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, claro, y hoy toda esta comarca se ha convertido en realidad en una zona esteparia. Según avanzamos hacia Fuendetodos se hace más evidente, con elementos cada vez más agrestes. El relieve kárstico de los alrededores de este pueblo da lugar a cañones y hoces muy interesantes desde el punto de vista paisajístico y ecológico pero, sin duda, el mayor atractivo de la localidad está dentro de ella, pues este es el lugar donde nació Francisco de Goya.

La huella de Francisco de Goya

En el año 1913, el pintor Ignacio Zuloaga y un grupo de artistas zaragozanos identificaron en Fuendetodos la casa donde había nacido Goya. Como admirador suyo y consciente del interés de este lugar, se animó a comprar la vivienda a Benita Aznar Lucientes, una de las sobrinas-nietas del pintor aragonés que era su propietaria en aquel entonces. Gracias a aquel gesto de Zuloaga la vivienda se conservó y ha llegado hasta nuestros días, aunque durante la guerra civil fue saqueada y se perdieron enseres originales.

Pero el caso es que ahí está, en pie desde principios del siglo XVIII y en perfecto estado para conocer cómo era la vida de aquella época y, en particular, cómo pudo haber sido la vida de los primeros años de Goya. Es un edificio de piedra con las características propias de una antigua casa de labradores, con la planta baja (donde estaban las cuadras y la cocina), un primer piso donde se encontraban los dormitorios, y un granero en el piso superior. Hoy está ambientada con muebles de la época y documentación gráfica que permite conocer la vida familiar de uno de los artistas más reconocidos de nuestra historia.

Junto a esta casa natal hay otros espacios donde podemos seguir los pasos del pintor. El más llamativo es el Museo de Grabado, donde se exponen las colecciones de las cuatro series más representativas de los famosos grabados de Goya: Caprichos, Desastres, Tauromaquia y Disparates. El arte del grabado había sido utilizado por Rembrant y Durero pero mientras que estos los hicieron como un método de apuntes para las pinturas posteriores, 

Goya fue uno de los primeros que lo usó como fin en sí mismo, es decir, como sistema creador de una obra de arte finalizada. En estas series de grabados Goya plasmó tanto temas populares como estampas que eran una dura crítica de los vicios y costumbres de los españoles de su época, lo que le valió ser perseguido por la Inquisición y tuvo que acudir a su amistad con el monarca Carlos IV para salvarse de las acusaciones. La técnica del grabado se puede conocer más de cerca en el taller de grabado creado hace unos años donde se realizan todo tipo de actividades relacionadas con el arte gráfico.

Pero el arte más actual, el street art, también está presente en este pequeño pueblo. Si nos damos una vuelta por sus calles encontraremos murales de arte contemporáneo creados por los artistas participantes en el Festival Asalto, dedicado al arte urbano. Lo mismo sirve una pared desconchada de un callejón que una buena fachada junto a la iglesia. Así que, mientras que uno los busca descubre el pueblo o viceversa.

 

Arqueología industrial

Los trujales y depósitos de una antigua bodega han pasado de ser contenedores de vino a albergar objetos que recrean y explican la historia vitivinícola de Campo de Cariñena. Estamos en el Museo del Vino de la DOP Cariñena que, como decimos, está instalado en lo que antes fue una bodega. Es un lugar que no puede faltar en un recorrido enoturístico por la zona, pues aquí encontraremos reunidos todos los aspectos clave para entenderla desde el punto de vista vinícola. Los pueblos y el trabajo de  los viticultores, bodegueros y enólogos (los químicos, como se les llamaba antes) configuran la parte esencial de este museo donde se intercalan paneles informativos con instrumentos procedentes de las labores del campo (arados, sulfatadoras, carros…) y las bodegas (embotelladoras, prensas, balanzas, barricas…). Todo ello se fue recuperando con la ayuda de los propios agricultores y productores locales, y constituye un verdadero conjunto de arqueología industrial.

 

 

 

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