Del 5 al 13 de septiembre, Santoña vive sus fiestas patronales con procesión marítima y homenaje a su tradición pesquera. Conservas Emilia, conservera artesanal instalada en la villa (en la imagen, sus productos), representa el oficio que ha convertido esa tradición en referencia gastronómica internacional.
Del 5 al 13 de septiembre, Santoña celebra sus fiestas patronales en honor a la Virgen del Puerto, la conmemoración más importante del calendario de la villa. El programa, abierto por la Cofradía de Pescadores el 5 de septiembre, incluye una procesión marítima por la bahía el día 7, la elaboración y reparto público de marmite —el guiso marinero tradicional de la localidad— los días 9 y 10, y una semana completa de actividades festivas que convierten a Santoña, durante unos días, en el centro neurálgico de Cantabria. No es una fiesta cualquiera: es la villa entera rindiendo homenaje a su relación con el mar, la misma relación que ha hecho de su nombre una referencia gastronómica mucho más allá de sus límites municipales.
Esa relación tiene, desde hace generaciones, un producto que la representa fuera de Cantabria mejor que ningún otro: la anchoa. Santoña es, para buena parte del sector gastronómico español e internacional, sinónimo de anchoa de calidad, y Conservas Emilia, conservera artesanal con sede en la villa, forma parte del grupo de productores que sostiene esa reputación fuera de temporada de fiestas, los otros trescientos cincuenta y pico días del año.
Una fiesta marinera, un oficio que no se detiene
Mientras la procesión marítima recorre la bahía y la marmite se reparte en la lonja, en las naves de salazón de Santoña el trabajo sigue su curso al margen del calendario festivo. La anchoa que llega a la mesa no se produce en un día: nace de la costera del bocarte, la campaña de pesca de primavera en el Cantábrico, y pasa después por un proceso de salazón y maduración que se prolonga durante meses antes de que la conserva esté lista. Septiembre, con la villa volcada en su fiesta grande, es también el mes en el que buena parte de esa producción sigue madurando en sal, en un proceso silencioso que rara vez aparece en el relato público de las fiestas, pero que es, en última instancia, la razón por la que Santoña tiene algo que celebrar.
Ese contraste —el ruido de la fiesta y el silencio del obrador— es también el que mejor define el trabajo de una conservera artesanal como Conservas Emilia: un oficio de tiempos largos, que no se acelera para ninguna campaña ni para ningún calendario comercial, sostenido por el mismo vínculo con el mar que la villa celebra estos días de forma pública.





