El Marco de Jerez: Enoturismo con Síndrome de Stendhal

Más que ningún otro, un viaje enoturístico por Jerez se guía y desemboca en el hedonismo. La pasión por el vino no puede entenderse desde otro punto de vista, y en Jerez ese carácter epicúreo parece brotar en cada esquina, flotar en el aire arrastrado por las brisas del mar cercano. Como en un relato mítico, solo el iniciado parece percatarse de la belleza que esconden barrios de calles deslucidas y fachadas ajadas; la intensidad de la luz; la extensa paleta de aromas (los que vienen desde la sierra, los que llegan desde la costa, los que emanan de los patios y las callejuelas repletas de naranjos…); el estupor que provocan estas bodegas inmensas, altísimas, de paredes ennegrecidas y telarañas que son una bendición, donde la claridad del exterior choca con la penumbra del interior, el goce de la luz con el abrazo íntimo de la oscuridad… Sí, un recorrido por el Marco de Jerez es pura sensualidad, un espoleo de los sentidos, que, al mismo tiempo, hay que abordar con la misma intensidad y disposición al embeleso…

Texto y fotos: Óscar Checa Algarra

Pasan algunos minutos de mediodía. El sol cae sobre el pequeño patio empedrado de Bodegas Tradición mientras ando en estas reflexiones. Espero un poco, dejando que el calor llegue 

bien a todas las partes de mi cuerpo simplemente por el regocijo de sentir la energía que llega con la primavera, y luego comienzo la visita. Esta es una bodega peculiar (aunque, ¿cuál no lo es por aquí?) ya que solo produce vinos VOS y VORS, es decir, vinos con una edad mínima de 20 y 30 años que son las joyas de cada bodega. Estos eran los vinos “de sacristía”, los que se reservaba el bodeguero para sí mismo o para agasajar a amistades o autoridades. Pero aquí, además, todos los procesos son artesanales, tal como se hacía antiguamente, utilizando las canoas y las jarras para los trasiegos y rocíos.

Jarras sobre una estera de esparto

Como señal, junto a las botas de una solera, un par de estas jarras de metal descansan sobre una estera de esparto. Otras esteras, a modo de cortinas, cuelgan delante de las ventanas, abiertas de par en par para dejar pasar el aire pero protegiendo del calor con estos doseles vegetales. Todo está pensado de manera pragmática, funcional, pero al mismo tiempo resulta tremendamente teatral. Un pasillo flanqueado de botas de vino conduce a la antigua sacristía, donde suelen acabar las visitas con la cata de algunos vinos acompañados de foie, quesos, chocolate…

  Pero antes se pasa por la sala contigua, la que recoge parte de la colección de pinturas Joaquín Rivero, y que está considerada como una de las colecciones privadas de arte español más importante de Andalucía. Y bueno, enseguida vemos la razón: El Greco, Goya, Veláz-

quez, Zurbarán, Juan Fernández ‘El Labrador’, Lucas Villamil, Madrazo, Carlos de Haes, Romero de Torres…

todos ellos, entre otros muchos, están representados aquí con obras estupendas y que, en algunos casos, guardan relación con el mundo del vino. Desde el gótico hasta el costumbrismo, esta insólita pinacoteca permite seguir la evolución de la pintura en nuestro país… dentro de una bodega.

La Suite Vollard de Picasso

No es la única que guarda algo así. Cerca, las bodegas del Grupo Estévez Real Tesoro & Valdespino cuentan también con otra galería de arte abierta a la visitas. Y viene a ser complemen

taria a la de Tradición, pues esta se centra en el arte moderno y contemporáneo, con artistas como Botero, Tàpies, Salustiano, Sicilia, Pablo Palazuelo, Manuel Valdés, Joan Miró o Picasso, de quien encontramos la Suite Vollard, un conjunto de cien grabados considerado como la obra más importante de la historia de esta disciplina artística, en la que el autor malagueño utilizó todas las técnicas posibles: la punta seca, el buril, el aguafuerte y el aguatinta.

Mi recorrido por el mundo del arte en las bodegas de la Ruta del Vino y el Brandy del Marco de Jerez recala ahora en Sandeman. Desde su fundación en 1790 se hizo hincapié en la publicidad, a través de carteles y anuncios. La mayoría se guardan en la sede portuguesa de la marca, pero en las visitas por la de Jerez también se pueden ver reproducciones, junto a etiquetas y otros paneles publicitarios. Sandeman fue una de las primeras compañías en diseñar una marca com

ercial. En 1929 creó la imagen que la ha identificado desde entonces, el Don. Ya sabéis, es una figura que representa a un hombre misterioso sosteniendo una copa de vino en la mano, envuelto en una capa negra y con un sombrero de estilo cordobés.

Estos dos símbolos representaban los dos destinos desde donde George Sandeman importaba el vino hasta Londres, Oporto y Jerez. Siguiendo el itinerario

de la visita (y tras pasar por el casco de bodega “El Corregidor”, donde están sus vinos más viejos y por donde antiguamente pasaba el tren para cargar la mercancía, como ocurría en el resto de bodegas), llegamos a la sala de los paneles retroiluminados, otra forma de arte, si se quiere, que Sandeman ha elegido para apoyar las explicaciones de los guías sobre la historia del vino de Jerez. Una vez acabado el recorrido guiado y mientras se degustan algunos de los vinos, los visitantes suelen volver a este espacio para leer con tranquilidad toda la información. Las visitas se hacen siempre en grupos reducidos y hay hasta diez pases al día, por lo que son casi a la carta, adaptadas a los intereses y niveles de cada uno.

Del mar…

Definitivamente la voluptuosidad se ha apoderado de mi viaje y, ahora que pongo rumbo a la costa, no hace sino intensificarse. No por el aroma salino, la brisa húmeda, los 

gritos de las gaviotas y la luminosidad del aire (que también) sino por el universo sensorial que Bodegas Osborne ha creado en unos viejos cascos de bodega del Campo de Guía de El Puerto de Santa María, el antiguo barrio del siglo XVIII donde se embarcaban las mercancías a destinos de  todo el mundo. En la conocida como la Bodega de Mora, la vista se siente atraída por todo lo que alberga el Toro Tapas, desde  el techo de madera y las enormes arcadas hasta el mobiliario de diseño y la decoración dominada por el contraste de colores cálidos y fríos. Cruzando el patio interior que separa las naves, una gruesa puerta de madera da acceso, a modo de entrada alibabaínica, a la “bodega de los incunables”.

Los haces de luz se derraman, oblicuos, al abrir el portón, y cuando nuestros ojos se habitúan a la penumbra, cuando del goce de la luz pasamos al abrazo íntimo de la oscuridad, se rebela el tesoro: 26 soleras de Finos, Olorosos, Amontillados, Palo Cortados y Pedro Ximénez reunidas en un mismo espacio. Es la mayor colección de vinos viejos (VORS) del marco de Jerez, repartidos originalmente en diferentes bodegas y trasladados para reposar juntos hasta este lugar tranquilo y alejado del bullicio. Impone. Por eso uno recorre los pasillos que forman las andanas de botas centenarias con la mezcla de parsimonia, asombro, admiración, pasmo y éxtasis que lo haría un arqueólogo ante un descubrimiento inesperado.

 

Entramos luego en otra sala, con las mismas sendas de albero y las mismas columnas y arcos (ahora relucientes) pero donde se recupera la luz. Es la Toro Gallery, una galería dedicada a la historia de la bodega y sobre todo a la de su símbolo: el toro de Osborne. Aquí se intercalan obras de arte, fotografías, videos y otras piezas y elementos de gran valor como una carta manuscrita de Washington Irving en la que solicita barriles de vino a la bodega o una guitarra eléctrica fabricada por Gibson Brands de manera artesanal a partir de las duelas de una bota de vino de Osborne. Salvador Dalí, Annie Lebovitz, Helmut Newton o Keith Haring entre otros muchos artistas están representados con obras que guardan relación con el icono de la marca. ¡Hasta hay un toro tachonado de cristales Swarovski!

… a la montaña

A la mañana siguiente los toros con que me encuentro no son los de las 

vallas publicitarias de Osborne sino unos de carne y hueso, pastando en las lomas de la campiña. He hecho un paréntesis en mi ruta de bodegas para acercarme hasta el Parque Natural de Los Alcornocales, a una hora de Jerez. Voy con Salvador, de RutaSiete, una empresa especializada en recorridos temáticos por la zona, desde viñedos a marismas pasando por este parque natural que es el más grande de la provincia de Cádiz y uno de los bosques de alcornoques más extensos del mundo. Salvador se conoce todos los rincones y, además,  tiene permiso de acceso a zonas restringidas, así que es un buen contacto. 

Adentrarse en la que llaman la “última selva mediterránea” es emocionante.

Aquí hay zonas de microclimas que recogen las  nieblas procedente de la costa y permiten que hayan perdurado especies de plantas y árboles del Cenozoico, como helechos, laureles, rododendros, alisos, fresnos, acebos, ruscos… además de quejigos, acebuches, encinas y algarrobos, entre otros. Para verlos hay que seguir la pista de los canutos, los pequeños valles fluviales, de arroyos estacionales, que transportan la imaginación a otras latitudes del planeta. El parque combina la conservación de todos estos recursos con el aprovechamiento de los cinegéticos, los ganaderos y el corcho, como bien muestran los troncos de muchos de estos alcornoques, rojos aún desde la última saca, generando nueva corteza protectora. La ruta de Salvador acaba con una degustación de vino y algún producto local, que nos pone en la pista de las experiencias gastronómicas.

Las otras artes

Hay varias que no podemos dejar pasar por alto. La primera está en La 

Carboná, un antiguo casco de bodega convertido en restaurante donde Javier Muñoz recrea la esencia jerezana, cocinando con vino de Jerez y maridando cada plato igualmente con vinos generosos. La mesa no tiene pegas pero es que además, este espacio transmite buenas energías, felicidad… Y si, encima, nos ponemos el delantal para cocinar con el chef, yendo a comprar con él y visitando luego una bodega, no os digo más… Eso es lo que incluye la propuesta del Sherry Cooking,  además del menú maridaje final, claro.

En otro punto de la ciudad, Julián Olivares ofrece otra propuesta. Si la felicidad de la que hablábamos de La Carboná era serena, en Albores,   

restaurante de este otro chef, se convierte en júbilo gracias a los colores y las mezclas de ingredientes tan sorprendentes. Dice “pintar platos” en su cocina, y no podría ser más acertada la definición de lo que va apareciendo desde los fogones. Fusión de productos pero que, una vez en la boca se convierte en sabores rotundos, sin medias tintas, como el color que inunda cada plato y cada rincón de la sala, en la pared verde oliva y en las fotografías de tonos intensos de verduras y hortalizas.

¡Qué derroche de sensualidad por todo Jerez! Y eso que aún nos falta visitar los tabancos… Quedan unos cuantos de los auténticos, de estos bares tradicionales donde se consumía vino a granel y se cantaba flamenco…entre hombres, porque no estaba bien visto que las mujeres se relacionaran con el vino. Afortunadamente eso ya ha cambiado y, de hecho, algunos de los tabancos más auténticos están hoy regentados por mujeres, como Plateros, al frente del que está Luz Saldaña, una joven jerezana, viajera y enamorada de su tierra al mismo tiempo, que tiene encandilado a medio barrio con su despacho de vinos.

 

Y a nosotros, a partir de ahora, también… En otros, como El Guitarrón de San Pedro o El Pasaje los que seducen son los que se suben al pequeño tablao para cantar, tocar o bailar. En este último, esta noche canta Rosario Heredia y toca Manuel Jero. Y con fino servido en caña, sentado en una silla baja de enea, me pierdo con ellos en el universo jerezano a través de soleás, tarantos, alegrías, fandangos  y bulerías.

 

Montecastillo

Si es cuestión de hedonismo, en lo que se refiere a alojamientos hoteleros 

en Jerez, el Hotel Barceló Montecastillo está en el grupo de los elegidos. Situado a las afueras de la ciudad, en un entorno natural junto a un castillo del siglo XIX, este resort es un verdadero remanso de paz y tranquilidad. Entre sus instalaciones deportivas destaca el campo de golf de 18 hoyos que cuenta además con escuela de golf. Tal vez prefieras dejar  pasar el tiempo en la sauna o en las cabinas 

de masajes del U-Spa disfrutando de uno de sus rituales de bienestar. O quizás te apetezca pasear por su huerto ecológico o incluso recorrer los senderos cercanos y del mismo golf para observar aves. Hay muchas, y algunas tan inesperadas como esta propuesta misma, para la que encontrarás una guía específica y preciosa en la habitación.

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