Jumilla: Enoturismo ingenioso

He llegado a la hora del almuerzo y tengo una reserva en Casa Sebastián, uno de los restaurantes con más solera de Jumilla. Me han dicho que busque el Mercado Central de Abastos, que es donde está este local desde que abrió allá por 1955 como cantina del mercado. No cuesta mucho dar con el lugar, pues está bastante céntrico. Sebastián me está esperando. Charlamos un poco mientras me voy acomodando en el comedor, un espacio que tiene como única decoración botellas y más botellas de vino, únicamente  de bodegas de la D.O. Jumilla…

Texto: Óscar Checa Algarra. Fotos: Óscar Checa, Alfonso González, Emilio Herrero, Jumsal y Ruta del Vino de Jumilla

Me cuenta que hace ya 28 años que tomó el relevo de su padre, que fue quién inició el negocio. Junto a él, su esposa María Dolores se encarga de la cocina. Una cocina basada en la tradición y el producto local, en la que sobresalen los guisos caseros y platos típicos jumillanos, como las Pelotas de relleno con caldo de pavo o los Gazpachos de conejo, pollo, codorniz y caracoles serranos, que también tienen su variante con arroz.

Los caracoles están muy presentes en la gastronomía de la zona. Se crían buenos y en abundancia en los montes que rodean el municipio, donde crece el romero y el esparto, una planta, esta última, que fue durante mucho tiempo la base de la economía y de la industria de Jumilla (junto a la actividad agrícola y, en especial la del vino). Aunque no hubo aquí grandes industrias transformadoras de esparto, sí contó la localidad con manufacturas de cofines (cestos) e hilanderas. Hoy, los enseres fabricados con esta fibra son más material de museo que otra cosa y, de hecho, podemos ver una gran cantidad de ellos en el Museo Etnográfico de la ciudad: cestas, capazos, sogas, esteras, aguaderas, albardas, recinchos, cenachos, paneras… Muchos de ellos estaban relacionados con el mundo del vino, claro, desde los cuévanos para la vendimia hasta las alborgas o esparteñas, las alpargatas que se utilizaban en los trujales de las uvas.

Paisajes insólitos

Tras dar cuenta de unos garbanzos estofados con jamón y chorizo, unas chuletillas de cabrito frito con ajos y un flan casero (casi nada…) creo que empezaré la visita de la ciudad por el Castillo, por aquello de caminar y bajar la comida… Al Castillo se puede llegar por una senda que zigzaguea entre la parte más antigua de la ciudad o por una pequeña carretera adaptada a los vehículos. La fortaleza es de origen árabe, como los restos de muralla que todavía perduran, pero se transformó después cuando llegó a estas tierras el Marqués de Villena. La forma redondeada y la ausencia de almenas en una parte de las torres responde a las nuevas técnicas de guerra de aquel entonces: los cañones habían hecho su aparición, así que las torres pasaron de ser rectangulares a circulares para ofrecer más resistencia a los cañonazos y la artillería.

La historia del Castillo, así como la del territorio y el Señorío de Villena, se puede seguir en el interior de la gran torre del Homenaje a través de diversos paneles. Desde la azotea se tiene una vista inmejorable del entorno. Aquí nos damos cuenta de que estamos rodeados de montañas: la Sierra del Buey, bien conocida por los aficionados a la escalada; la Sierra del Carche, la joya de la corona, que es un espacio protegido; Santa Ana; la Sierra Larga; la del Molar; la Cingla…

A los pies de muchas de ellas es donde se asientan los viñedos de la zona, como los de Bodegas Carchelo, junto al Carche. Tiene un extraño poder de atracción esta montaña que he elegido como primera parada. Desde la explanada de la bodega se ve inmensa, de tonalidades oscuras pero con una luminosidad enigmática. Dentro, en la sala de catas de paredes de cristal, con los vinos en las copas se me ocurre pensar que las elaboraciones de Carchelo son también así…

La Tempranillo y la Monastrell son las variedades principales que utilizan, mimadas en unas crianzas generosas de las que salen vinos con mucha estructura y gran capacidad de guarda. Tienen también proyectos especiales como Autista, un vino de autor solo disponible para quien forma parte de su club de amigos y cuyos beneficios se entregan a una asociación de autismo. Además de probar vinos, dentro de poco en las visitas a esta bodega también se podrá disfrutar de un museo pictórico sobre sus orígenes. Es un proyecto que está en marcha actualmente, así que ya tenemos la primera excusa para volver.

Un diapiro salino

Ahora me adentro hacia la sierra para conocer un lugar un tanto desconcertante. A los pies del Carche está el llamado Cabezo de la Rosa, una loma aislada que es, en realidad, un diapiro salino, es decir, una formación geológica surgida de los antiguos mares prehistóricos. Los yesos y cristales de manganeso, oligisto y cuarzo que lo forman le confieren la tonalidad rojiza o rosácea que le ha dado nombre. Es un lugar donde abundan los fósiles pero su mayor riqueza es la capa de sal gema que guarda. Desde tiempo inmemorial se ha aprovechado para extraer la sal común, imprescindible tanto para el funcionamiento de nuestro organismo como para otros aspectos.

Las minas de antaño han dejado paso a unas salinas que explota la empresa Jumsal, desde la que se organizan también visitas en grupo para conocer el proceso de extracción y elaboración de la sal, así como el entorno natural. Las balsas de salmuera en mitad de la montaña y los enormes montones de sal que salen de ellas forman un paisaje de lo más singular e inesperado. Con los distintos procesos se elaboran sales diferentes, húmedas o secas, de mesa, gorda, flor, para tratamientos de aguas, nitrada, yodada… La cantidad de anécdotas y curiosidades alrededor de la sal y su producción es increíble. Las rentas que se obtenían de ella aquí en Jumilla permitieron la construcción de iglesias o palacios como el del Concejo, que actualmente es la sede del Museo Arqueológico Jerónimo Molina.

Íberos, mariposas y barricas

Este museo es otro de los lugares que no hay que perderse en Jumilla. El antiguo palacio del Concejo (el único ejemplo de arquitectura civil del Renacimiento en Murcia) guarda una más que interesante colección de piezas arqueológicas del pasado romano y medieval de la ciudad y, sobre todo, de la cultura íbera, con material procedente del Conjunto Arqueológico de Coimbra del Barranco Ancho, uno de los numerosos yacimientos catalogados en la Sierra de Santa Ana. Allí se han encontrado también semillas de vitis vinífera que están  consideradas como las más antiguas de todo el continente.

Otra de las sedes de este Museo Jerónimo Molina está dedicada a la Ciencia, y en ella se exponen las rocas y minerales de la zona, además de numerosos fósiles, entre los que destacan los encontrados en la Cueva de los Huesos y la Hoya de la Sima, de donde se han rescatado icnitas (huellas fósiles) y materiales óseos de los animales que habitaron en esta zona en la época de Mioceno. Aquí había osos, caballos prehistóricos, tigres diente de sable, antílopes, rinocerontes y hasta camellos.

En otra planta, los animales protagonistas del museo son las mariposas. La colección de mariposas de este museo es una de las más destacadas de nuestro país. Está formada por ejemplares de todo el mundo, muchas de ellas también de Murcia, que es uno de los rincones de mayor riqueza entomológica. La almazara ecológica Casa Pareja lo sabe bien, pues en sus 350 hectáreas de finca viven una gran variedad de ellos, en pleno equilibrio natural con el resto de especies animales y vegetales. Además de los olivos (muchos de ellos centenarios), aquí hay plantaciones de melocotones (117 variedades tradicionales diferentes), moreras y vides. Llevan más de 20 años trabajando la agricultura ecológica y biodinámica y es un referente para muchos proyectos de investigación agraria.

El primer vino ecológico de Jumilla

Pero el primer vino ecológico de Jumilla y el primer vino Monastrell sin sulfitos lo elaboraron en BSI Bodegas San Isidro. Esta bodega cooperativa es, además, la de mayor producción de vinos de pie franco Monastrell del mundo. Es una de esas bodegas inquietas, que no cesan de investigar y de sumarse a todas las iniciativas novedosas. Fue la primera en crear por aquí un viñedo experimental, sus antiguos depósitos de hormigón (ahora pintados de colores) tienen forma cónica invertida y están dispuestos en tres alturas para facilitar la decantación natural, tiene un llamativo museo entre minimalista y costumbrista, y propone actividades como yoga entre barricas o incluso bodas.

Hay más: por ejemplo, algunos antiguos conos de castaño que ya no se usan para las elaboraciones se han convertido en salas (Espacio Monastrell lo llaman) para eventos privados: una cena, una reunión… y, como otras bodegas de la Ruta del Vino de Jumilla, organizan conciertos durante el ciclo ‘Música entre vinos’.

En La Macarena, un bar de vinos y restaurante ubicado en la céntrica calle Cánovas del Castillo, son igual de activos. Organizan catas, encuentros con los bodegueros, conciertos o eventos como la Cena del Hambre, en la que solo se come pan, tomate y aceite y el dinero recaudado se dona a Manos Unidas. El vino de Jumilla se marida aquí con tapas bien originales como el sashimi de salmón con aguacate, algas wakame y fresa liofilizada o la alcachofa cocida y rebozada con foie y crema de trufa, además del plato estrella: los cerrillares (sepia fresca rebozada).

En Los Tres Soles, Pepe también presta atención a los productos con los que elabora unos pinchos que han ganado varios premios, como La oveja salá (pan casero, queso de caña de oveja Montesinos, tomate seco especiado, berenjena e ijada de atún). Por más simple que sea el ingrediente, aquí se trabaja de la manera más ilusionante. Y luego se combina con algunas de las setenta referencias de vinos de Jumilla de la carta, todos ellos servidos tanto por botellas como por copas.

Comienza el espectáculo

Aunque solo sea por ver el recinto en sí, hay que aprovechar cualquier espectáculo que esté programado para visitar el Teatro Vico, construido a finales del siglo XIX siguiendo el diseño del Teatro Romea y que conserva el gran telón de boca pintado a mano. Hay otros lugares en Jumilla que, sin ser teatros, tienen una estética teatral encantadora, como el Restaurante de Loreto. Irene, en la cocina, y Eva, en la sala, se encargan de este negocio ubicado en una casa señorial de mediados del siglo XIX que fue parte del Sindicato de la Aguja, la primera organización sindical femenina de nuestro país surgida en los albores de la Primera Guerra Mundial.

Hoy, como decimos, es un restaurante en el que se ha respetado la estructura íntegra y disposición de las salas originales que ahora son comedores. En la carta, propuestas de cocina de mercado elaboradas con imaginación y creatividad, con raciones y precios más que aceptables. Junto a los vinos murcianos, también podemos degustar otras bebidas elaboradas por Irene y Eva como hidromiel, cerveza y una sidra única, hecha con pera Ercolina de Jumilla.

La creatividad ha ido en aumento durante todo el recorrido de mi visita y la última parada, Casa Rojo, remata con creces esa originalidad. Está en un valle fluvial dentro del Parque Natural de La Raja. El sol se deja sentir de lo lindo en un paisaje mezcla de espejismo, desfiladero, altiplanicie y endofroute perfecto para una novela o película futurista. Pero también hay pinares cerca. Y en uno de ellos arranca la Casa Rojo Experience, la forma creativa de hacer enoturismo que propone esta bodega.

Comienza con los ojos cerrados, respiraciones profundas y una conciencia sensitiva (y sensual) del lugar donde estamos. Después viene el paseo por el viñedo, la sala de elaboración (donde se homenajea con grandes fotos a los agricultores que trabajan con la bodega), la sala de barricas y ánforas de barro, la sala de catas, la de maridajes con cocina elaborada en el instante y el espacio de la terraza donde se acaban de inaugurar los Casa Rojo Sunset, encuentros al atardecer con vino y música en directo. Vamos, de esos lugares en los que estamos tan a gusto que nos quedamos hasta que nos echen…

Viña Elena

 

La vaguada en la que se encuentra Bodega Viña Elena era el lugar de paso de todos los carreteros y arrieros de antaño. No había venta ni posada pero la gente paraba en la casa de Francisco Pacheco, que empezó a comprar excedentes de vino de la zona para venderlo a aquellos viajantes y caminantes. Hoy, la tercera generación de esta familia, con mujeres como Elena y Emi a la cabeza, dirigen una 

bodega en la que encontramos elaboraciones tan originales como las de Bruma del Estrecho: monovarietales de Monastrell procedentes de diferentes parcelas. Además, han creado un vermut que se cría en barricas que antes tuvieron vino (Vermucho, inconfundible con su botella rosa) y elaboran productos cosméticos a base de ingredientes sacados de la vid, la uva y el vino.

 

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