Enoturismo: Los héroes de Cangas del Narcea

La ladera parece haberse cortado a mazazos para conseguir algún recodo horizontal donde plantar las vides pero se intuye que la labor fue ardua pues cada una de las cepas de la viña La Zorrina crece donde buenamente puede, en vaso, claro, sin seguir muchas hileras ni geometría que valga. Rodeada de bosques, orientada al sur y con una pendiente de más del 60%, esta parcela, además de un lugar maravilloso, es un buen ejemplo de la viticultura heroica a la que pertenecen los viñedos de la DOP Cangas, en Asturias.

Texto y fotos: Óscar Checa Algarra

Comparten ese cuño con otras zonas de España como Ribeira Sacra, Priorat o las Islas Canarias. La Zorrina, que es uno de los viñedos más viejos de la zona, forma parte del recorrido de las visitas de Monasterio de Corias, una de las bodegas de referencia de esta comarca y que está donde todo empezó en cuanto al mundo del vino se refiere aquí en Cangas del Narcea: junto al antiguo monasterio de Corias, hoy convertido en Parador. Aunque la vid llegó a esta zona en el siglo II, el impulso de su cultivo comenzó con los monjes benedictinos que se asentaron en este lugar a mediados del siglo XI.

A aquellos frailes les costaría reconocer la bodega de su cenobio, pues ese espacio alberga hoy el spa del hotel: en lugar de elaborar vino, ahora uno puede bañarse en él y relajarse mientras le masajean con cremas y aceites extraídos de las uvas y de sus pepitas. El resto del monasterio también ha cambiado: las sencillas celdas de los monjes se han convertido en confortables y amplias habitaciones, el refectorio en un comedor decorado con hiloramas de hilos blancos y diseños inspirados en bordados tradicionales, y la biblioteca ahora alberga libros de todo tipo y una moderna decoración de trampantojos.

 

Vive la vida

Algunos de los viñedos de Cangas también engañan a la vista: colgados en las montañas, en taludes y declives imposibles, solo dejan apreciar su inclinación cuando nos adentramos en ellos. ¡Casi hay que escalar! Los más modernos están aterrazados, lo que facilita el trabajo, pero hay otros que se mantienen sin ningún tipo de bancal en vertientes escarpadas. Los postes de madera de las espalderas sirven, al mismo tiempo, de punto de apoyo a la hora de subir o bajar por estos terraplenes donde la vendimia especialmente, es toda una odisea. La bodega Vidas, en Cangas del Narcea, tiene un viñedo así justo al lado, por lo que sus visitas son también de lo más reveladoras. Igual que sus vinos, que llevan nombres como ‘100 montañas’ o ‘Vive la vida’. Pues eso…

En la nave de elaboración, con Beatriz, descubrimos una fotografía antigua de la época de la vendimia en la que solo aparecen mujeres. Y es que, resulta que en otros tiempos, el trabajo estaba dividido: las mujeres cortaban la uva en cestos llamados maniegas y después los racimos se echaban en otros más grandes (los goxos) que los hombres transportaban a hombros hasta el carro donde los volvían a verter en bocineras, una especie de barrica pensada para el transporte. Todo esto podemos encontrarlo explicado en el Museo del Vino de Cangas del Narcea.

Está en el antiguo barrio de bodegas de San Tisu, junto al río, y se encuentra fácilmente por su llamativa arquitectura exterior que reproduce el entrelazado de las cestas de vendimia. La visita de este museo incluye la de una de las viejas bodegas del barrio, el Lagar de Santiso, que conserva la prensa de viga, barricas, toneles, bocoyes y otros objetos con los que se explica tanto la manera antigua de elaboración del vino como las tradiciones y costumbres.

 

Los ferreiros de Besullo              

En el cercano pueblo de Besullo podemos seguir la pista de uno de los muchos útiles que fueron fundamentales en las tareas relacionadas con la vendimia y con la agricultura en general: el carro del país. Besullo fue tierra de ferreiros. En esta pequeña parroquia llegó a haber cuatro mazos, las herrerías donde, aprovechando la fuerza hidráulica de los ríos, se estiraban, ensanchaban o adelgazaban los lingotes de hierro para después, en las fraguas, elaborar todo tipo de instrumentos, desde sartenes a clavos. Los ferreiros de Besullo se especializaron en ruedas de carro (el llamado ‘carro del país’) y hoy, algunas de esas ruedas se pueden ver, convertidas en mesas, junto al bar del pueblo. También se puede ver en funcionamiento uno de los mazos, el Mazo d’Abaxu, el único que queda (recuperado y restaurado), junto al río Veigas.

Pan y vino

La pujanza del Monasterio de Corias atrajo hasta esta comarca a muchas familias poderosas y acaudaladas. Los palacios rurales que hoy vemos por todos lados son las antiguas residencias de aquellos nobles. Algunas están abandonadas y en ruinas pero otras siguen en pie, como el Palacio de Ardaliz, del siglo XVI, que, además, ahora es una casa de aldea, un alojamiento rural. Por supuesto tiene también una vieja bodega, viñedos y, en el prado, hasta una antigua bolera de bolo vaqueiro. Desde aquí se divisa gran parte de este valle y vemos, en las laderas de enfrente, una amplia zona de bancales con vides. Son las bodegas Antón Chicote.

La tradición vitivinícola de la familia de Antonio Álvarez (Antón Chicote) viene de lejos. Su bisabuelo ya cultivaba viñas y hacía vinos, y él, con tan solo diez años, empezó a hacerse cargo del campo y del bar que tenían en Cangas. El Chicote es, de hecho, toda una institución en este pueblo. Sigue abierto, claro, en la misma ubicación de antaño, en la calle La Fuente, y Antón en la barra, despachando vinos y unas patatas cocidas con pimentón que están buenísimas. Es una vieja receta de su madre que, antiguamente también hacía el pan que vendían en el bar. Lo del pan y Cangas del Narcea es todo un idilio: hay muchísimos obradores y todos hacen un pan estupendo. No tiene sello de calidad pero sí unas características propias que lo hacen diferente. El de Manín (de masa madre y cocido en horno de leña) es uno de los más afamados. También es un negocio que viene de familia y ahora, junto a Higinio y Ana, está su hijo Alan, que ha añadido los productos pasteleros. Además de las hogazas de pan, aquí hay que probar (obligatoriamente) las empanadas, las milhojas, los donuts y el carbayón vintage. Ea, pues ya tenemos pan y tenemos vino, así que ¡podemos hacer todos los caminos que queramos!

Pero de momento nos seguimos quedando en Cangas del Narcea, porque es hora de comer y hay que pasarse por otro de los rincones imprescindibles: el bar Blanco. Al frente de este establecimiento están los hermanos Quique y Pepe Ron. Aquí siempre hay gente, y con solo probar un pincho de los que sirven barruntamos el por qué… Sus propuestas, a base de producto local y con un toque de modernidad, han logrado llegar hasta el primer puesto del concurso de pinchos de Asturias o el segundo en el nacional de Valladolid. Y ahora, además, tienen como novedad un vermut. Se llama Búpili! y está hecho con vino de Cangas, por supuesto. Es seco y amargo. La genciana, el ajenjo y la angélica son las hierbas que le dan ese amargor, pero también lleva especias y cítricos. La fórmula es secreta pero el nombre es algo bien conocido por los cangueses: es una interjección propia de este pueblo que se utiliza para expresar alegría, entusiasmo o satisfacción. Y es lo que sale decir cuando se prueba esta bebida, ¡claro que sí!

Rumbo a Ibias

El concejo de Ibias también forma parte de la Denominación de Origen Cangas y hasta aquí llegamos ahora para encontrarnos con el viticultor más joven de la comarca. Es Adrián Fernández, tiene veinte años y elabora ya su propio vino en su bodega Señorío de Ibias, en el pequeño pueblo de Cecos. Es un monovarietal de Albarín Blanco, una de las uvas autóctonas de la zona. Sus padres plantaron los viñedos hace quince años y ahora él ha decidido que su futuro está aquí, al frente de la bodega que acaban de construir y que ya tienen previsto ampliar para acoger visitas. De momento, la mayor parte de estas visitas se realizan en viñedo, en uno que no hay que perderse: viña Ron. Hay partes de la misma que están aterrazadas y partes plantadas en pendiente que alcanza casi el 70% de desnivel. Y todo está rodeado de montes con bosques de castaños, robles, hayas, cerezos, helechos, alisos y fresnos. Como en la viña también hay diferentes variedades (Carrasquín, Verdejo negro, Albarín…) la estampa de colores en otoño es para no perdérsela! La de comienzos de verano tampoco tiene desperdicio, sobre todo en las zonas más altas, donde crecen los brezos y los piornos y retamas. Esta es, además, tierra de cunqueiros o tixileiros, los artesanos que fabricaban objetos de madera y que después vendían por los pueblos.

Pueblos emparrados

Uno de esos objetos es el cachu, el cuenco de madera en el que se bebía el vino… y en el que todavía se sigue haciendo! Se usa una madera ligera y se tornea dejando el recipiente lo más delgado posible, especialmente por los bordes. Antes de usarlo hay que tratarlo. Antiguamente se introducía en el bocoy donde el vino fermentaba, pero también se puede cocer en vino directamente. La madera se desinfecta y adquiere el mismo color del vino. A la hora de beber, todos lo hacen del mismo cachu, girándolo para posar los labios cada uno en un mismo lugar. En la bodega artesanal de Chao de Castro, Elma da a probar el vino en un cachu. No podía ser de otra forma en este lugar tan auténtico. 

Chao de Castro es una casa de aldea, una casa rural ubicada en el singular pueblo de Riodeporcos, en el límite con Galicia. Singular por varios motivos: el primero es que para acceder a él hay que pasar por un puente colgante, por el que no pueden circular vehículos, así que en el pueblo no hay coches ni nada que se le parezca; y el segundo es que se trata de uno de los pueblos emparrados que encontramos en el concejo de Ibias. Las calles de estos pueblos están cubiertas de parras de uvas. Era una forma tradicional de cultivarlas y, al mismo tiempo, protegerse del calor veraniego. Aquí lleva Elma 22 años al frente de esta casa que tiene bodega, hórreo, panera, palomar… Eso sí, el palomar ya no 

tiene palomas ni el hórreo guarda alimentos ni cereales, sino los artículos artesanales que ella misma elabora: jabones, cestos hechos con papel reciclado, bolsos de cuero, mermeladas… Es un lugar idílico perfecto para desconectar, pero de verdad (léase, sin móviles ni prisas ni agobios)…

Seroiro es otro de estos pueblos emparrados. Aquí, además, podemos ver otra de las antiguas maneras de cultivar la vid, plantada a modo de cerca, delimitando el espacio de las huertas y prados. Bajo las parras recorremos las empinadas y tortuosas calles de esta aldea, por donde aparecen hórreos y puertas decoradas de vivos colores, en contraste con el gris y negro de la pizarra y el rojo de la piedra con el que están construidas las casas. El tiempo parece haberse detenido y en el aire hay una mezcla de placidez, melancolía y nostalgia que solo se nos quita algo cuando, junto a un antiguo pilón, hacemos la última parada, sacamos vino y pan y saboreamos, con fruición, la tierra de Cangas. ¡Búpili!

 

 

Cerámica Negra

El alfar de Manuel Rodríguez, en Llamas del Mouro, es prácticamente el último que queda en toda Asturias donde se elabora la particular cerámica negra. De los veinte talleres que existieron en décadas pasadas, solo en este de Manuel sigue girando el torno (manual, se mueve a fuerza de pedaladas) del que salen cántaros (xarros de agua), ollas, fedideras (recipientes para hacer mantequilla), queseras, pucheros y otras piezas relacionadas con el vino como porrones, jarras y la versión en barro cocido de los cachus. Todos ellos, eso sí, son de un llamativo color negro o gris acerado cuyo secreto está en la cocción, o en la cochura, que es la palabra que se emplea en alfarería. Tras quince horas en el horno, tapadas con tierra y lamidas por el fuego de cepas de uces (brezo) o piornos (retama), las piezas pasan cinco días más pero esta vez con el horno completamente tapado. Así, el humo no puede salir y penetra en todos los poros del barro, transformándolo y dando a las vasijas el admirado color negro final.

 

 

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