El algarrobo custodia la memoria de Ibiza

Ibiza ha estado tradicionalmente envuelta en un halo de misticismo tejido a base de leyendas, mitos y falsas profecías. La más popular es la que dicen que alguna vez pronunció el francés Nostradamus, quien teóricamente anticipó un ‘armaggedon’ del que que sólo sobreviviría la isla del Mediterráneo. Tal vaticinio jamás existió, pero Ibiza tiene madera para salir ilesa del juicio final. En concreto, tiene la madera de miles de algarrobos profundamente resistentes a las hostilidades del clima y de los humanos (foto de Marga Ferrer).

El algarrobo custodia la memoria de la isla. Lejos del rumor de las vidas tumultuosas que arden bajo los focos de Pachá o Ushuaia, estos árboles milenarios simbolizan el equilibrio trabajo-asueto de muchas familias sostenidas por el campo. Los algarrobos daban alimento en las malas y sombra en las buenas, en especial durante la posguerra, cuando la hambruna generalizada obligaba a descolgar un fruto que apenas gozaba de consideración. El alimento de los animales salvó la vida de sus dueños y las generaciones posteriores pagaron la deuda con afecto.

 

“Yo tengo una anécdota bastante representativa de aquellos años”, cuenta Pepe Torres, vecino de San Lorenzo. “Era muy joven, pero me acuerdo bien: bajamos a Ibiza capital con el carro y llegamos a una cuadra de animales, los cuales tenían una especie de bozal lleno de algarrobas para alimentarse. Pues bien, estos animales se tenían que cuidar, porque la gente les quitaba la algarroba del bozal. Figúrate el hambre que había entonces. Los que vivíamos en el campo lo pasábamos mal, pero siempre pillábamos algo en el campo, sin embargo, quienes vivían en la ciudad no tenían ni dinero ni materia prima para comprar”.

A medida que mejoró la economía de la isla, el algarrobo pasó a tener un papel menos crucial, aunque igualmente simbólico y sentimental. Era el polo sobre el que orbitaban las vidas de muchas familias con ascendencia payesa. “Nos juntábamos debajo de su sombra, llevábamos costillas y las asábamos al fuego; era una fiesta”, rememora Pepe Torres, que actualmente posee una finca con varios algarrobos. “Hay gente que los abandona, pero yo los cuido porque me los dio a sembrar mi padre cuando tenía 15 años. Han crecido conmigo y ahora son grandes y guapos, como mis hijos”, cuenta el vecino de San Lorenzo.

Sus recuerdos se asemejan a los de muchas otras familias de este paraíso hippie con callo agrícola. En los 571 kilómetros cuadrados de Ibiza, no es difícil encontrar declaraciones de amor al árbol de tronco rústico y ramaje retorcido. “Nosotros, en lugar de tener moreras o árboles de jardín, teníamos algarrobos”, evoca Mari Carmen Marí, de Santa Gertrudis. “Hace medio siglo las casas típicas de la gente no tenían terraza, de modo que se reunían bajo la copa del algarrobo para compartir sus vidas. Recuerdo una anécdota de aquella época: mi padre era cazador, una de sus podencas parió y tuvo a las crías en el hueco del algarrobo, que ya era viejo y se le habrían agujeros en el tronco. Necesitábamos alimentar a las perritas y mi padre no cabía por el hueco, así que entré yo. Era pequeña, entré bien, pero luego no podía salir; nos agobiamos mucho. Al final me untaron la cabeza con manteca de cerdo y salí del tronco del algarrobo”.

Parte del anecdotario de Mari Carmen se nutre de las memorias que escuchó a sus padres, muchas de ellas entrelazadas con la arbolada ibicenca. “Mis padres me explicaron que antiguamente las parejas se formaban en el pueblo de uno o en el vecino, porque no había posibilidad de ir mucho más lejos. Cuando los chicos iban en bicicleta a los pueblos cercanos para echarse novia no eran bien recibidos, con lo que tenían que huir de las agresiones y esconderse en las ramas de los algarrobos. Los árboles ahorraron muchas peleas”, concluye.

Muchos de los recuerdos que inspira el algarrobo son en desgastado blanco y negro, de cuando la vida salvaje se abría camino en un palmo. Literalmente: “Siendo muy chiquitita mis abuelos me llevaban a recoger heno y cebada, íbamos a la era con la mula para sacar grano y paja”, cuenta Nieves Roig, vecina de Sant Joan de Labritja. “Al lado había un algarrobo super grande con un tronco viejo, abierto por dentro. Siempre estábamos jugando debajo de él. Era un algarrobo al que mis abuelos y mis padres querían mucho porque les daba sombra y alimentos. En alguna ocasión habíamos visto un nido de buhos pequeños. Una tarde se me ocurrió meter la mano en el hueco del tronco y la saqué con un buhito colgado de un dedo… me hinché a gritar”, comenta Roig.

El cariño de estos ibicencos por su árbol más característico contrasta con el abandono de los cultivos a partir de los años sesenta. Cuando el turismo llegó masivamente a Ibiza, el dinero se desplazó a la ciudad y muchos campos fueron dejados en barbecho y rastrojeras. El icono de la posguerra, fuente de alimentos y refugio de podencas, búhos y enamorados, perdió todo el interés. Muchas familias siguieron apelotonándose bajo su sombra, pero el espíritu de la isla cambió de piel y se sofisticó: Ibiza vivió su propio éxodo rural.

Afortunadamente, aquellos árboles hicieron camino en semisoledad y han llegado a nuestros días reivindicando la consideración que merecieron entonces. La algarroba tiene hoy tratamiento de superalimento y el algarrobo es una auténtica mina para proyectos como Ibiza Carob Company, responsable del del relanzamiento de la recogida de la algarroba autóctona de Ibiza para la elaboración de productos ecológicos. Casi un siglo después, el algarrobo vuelve a estar en el centro de muchas vidas ibicencas. Bienvenido sea.

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