Familia Torres: 150 años de la cepa a la copa

El libro Hugh Johnson’s Wine Companion marcó un antes y un después en la divulgación del vino y su cultura. Se publicó en 1983 y mitificó a su autor, cuyo The World Atlas of Wine –aparecido diez años antes– ya había sido reconocido como “el mayor acontecimiento en la literatura del vino” por el Instituto de las Denominaciones de Origen y de Calidad de Francia. Poseo su primera edición en francés (que yo sepa, no se ha publicado en español), con el título Le Guide Mondial du Connaisseur de Vin, un volumen ilustrado con bellos dibujos de trabajo de campo, que publicó Robert Laffont en 1984.

Por Luis Cepeda

No se trata de un libro de vinos con evaluaciones de marcas y cosechas, como los que proliferaron después, ni del típico manual de cata profesional que nos enseñó más tarde a describir las degustaciones. Es cierto que Hugh Johnson inspiró lo suyo a Robert Parker y a posteriores entendidos y divulgadores mercantiles del vino, pero la Guía Mundial del Conocedor de Vinos es una obra más literaria que operativa, aunque registre personajes y marcas, pues resulta imposible no hacerlo cuando se quiere trasmitir la evolución de la vitivinicultura moderna, donde las aportaciones de sus promotores y empresas son fundamentales.

El volumen  acumula 544 páginas  y dedica 24 a España cuya abundante producción y presencia en la historia del vino se destaca, significando las trayectorias de personajes y bodegas de Jerez, Rioja, Cataluña y el centro de España, por entonces célebres. Pero solamente a una saga familiar española, la de los Torres, se le dedica un extenso recuadro particularmente elogioso.

Señalaba en 1983 Hugh Johnson que ninguna otra familia de productores de vinos españoles había tenido mayor impacto, durante el decenio anterior, que la tutelada por los Torres, padre e hijo. Comenta que en 1970 Cataluña no era conocida más que por sus vinos de coupage y, dentro de las fronteras españolas, por los cavas espumosos. “Diez años han bastado, –decía textualmente– para que el Torres Gran Coronas sea comparado al Château Latour y la empresa familiar, compuesta por padre, hijo e hija, se equipare a la de los legendarios Mondavi de California”. Se refiere luego a las condiciones orográficas del Penedés, cuya altitud y cercanía del Mediterráneo permite maduraciones lentas que aseguran las mejores condiciones para las parcelas experimentales de variedades francesas, aunque advirtiendo que, “lejos de renunciar a las variedades de viñas regionales, los Torres han mejorado el rendimiento de ellas, mediante una crianza y una fermentación pulcra, limitando el envejecimiento en roble, a menudo excesivo en la región”.

También hace referencia Johnson al perfeccionamiento extremo de su actividad comercial, diciendo que la hija de Miguel Torres Carbó, Marimar “viene demostrando que Cataluña nada tiene que aprender de Madison Avenue”, concluyendo el capítulo con la reflexión de que crear en diez años una marca, cuya colosal producción de vinos lleva el signo de calidad es, en el concurso frenético del vino moderno, un auténtico desafío.

Pero no es ni mucho menos aquel decenio de asombro lo que determina el vigor empresarial de los Torres. Está documentado que en 1559 la familia Torres ya poseía viñedos y arraigo vitícola en el Penedès, lo que perfiló la elaboración del vino de sucesivas generaciones. Sin embargo, no es hasta 1870 cuando tan remoto legado adquiere entidad empresarial con la fundación de Casa Torres y Compañía, cosechero y exportadora de vino, en Vilafranca del Penedès por Jaime Torres Vendrell (1843-1905) a su regreso de Cuba, donde había hecho fortuna, quien asoció al propósito a Miguel, su hermano viticultor. La dimensión del proyecto decimonónico la expresa la instalación en la bodega de una legendaria cuba capaz de almacenar hasta 600.000 litros de vino, que perduró hasta el bombardeo que sufrió la bodega en 1936. Y desde el comienzo, la vocación internacional de la entidad se acomete estableciendo sedes de distribución en Santiago de Cuba, Cartagena de Indias, San Petersburgo o Hamburgo. Luego, el rumbo empresarial en el área primaria, industrial y comercial lo marca Juan Torres Casals, sobrino del fundador y adelantado en la distribución de vinos a granel en el mercado americano, quien además comienza a destilar vinos para elaborar los primeros brandies y registra en 1907 la marca Coronas, como paso inicial para el etiquetado de sus vinos. Cuando fallece en 1932, su hijo Miguel Torres Carbó, de 23 años, recién titulado en Químicas y Farmacia, toma las riendas del negocio emprendiendo un periodo en el que los vinos de Bodegas Torres adquieren una presencia internacional inusitada.

Además de condicionado por su temprana edad, a Miguel Torres le toca vivir un periodo socioeconómico muy delicado, previo a la Guerra Civil española, además de la posterior reconstrucción de la bodega, debida a la devastación bélica sufrida. Superadas las adversidades, el gestor de la tercera generación de los Torres efectúa un giro providencial para la presentación y venta de sus productos, pasando decididamente del granel al embotellado, la etiqueta y la marca. Durante su viaje de larga permanencia en Estados Unidos, emprendido para recuperar la actividad comercial cancelada durante la guerra, comprueba como el arroz, las legumbres, el jabón y muchos otros productos domésticos, antes genéricos, ya no se venden a granel, sino envasados y etiquetados, lo que le decidió a crear marcas históricas para los vinos y brandies de su bodega. En 1946, Bodegas Torres coloca en el mercado el brandy Torres 10, al año siguiente el vino blanco Sol –luego llamado Viña Sol– y en 1954 el legendario tinto Sangre de Toro, al que más tarde se añade, en esa línea colectiva de mercado, el rosado De Casta, al servicio de una demanda refrescante y frutal del vino a la que se anticipa.

Su convencimiento de que en la marca y el embotellado se hallaba el futuro, le condujo al ambicioso plan comercial de colocar sus vinos en el mundo, de manera privilegiada, mediante una labor titánica y personal, viajando por Europa cargado de muestras en su modesto vehículo, un Renault 4×4, o volando –ida y vuelta en el día– principalmente a Paris para almorzar un plato en cada uno de hasta en tres restaurantes vecinos y negociar con sus directores o maîtres la conveniencia de que los vinos de Torres se fueran incluyendo en las cartas de vinos de los mejores restaurantes de la capital gastronómica del mundo.

Esta presunta leyenda urbana me la confirmó hace tiempo el corresponsal de La Vanguardia y de la SER en París, Alberto Oliveras, quien, a comienzos de los años sesenta del pasado siglo, le acompañó un día al restaurante Laserre, al Fouquet’s y al hotel George V, entre las 12 y las 14 horas, con media hora de permanencia apresurada en cada sitio, para tomar una breve colación, entregar una botella de su vino y verificar una gestión comercial rauda. Se trataba actividades individuales de una audacia inusitada, recurrentes en sus viajes a otras capitales, mientras se establecían delegaciones o acuerdos corporativos de distribución en América y en Europa, con alta incidencia en los países nórdicos –pese a sus rarezas legislativas ante los alcoholes–, o en las Islas Canarias, donde se instaló una base logística, acogida a la peculiaridad fiscal del archipiélago, que le aproximó los productos de Torres a la prosperidad venezolana de entonces, a toda Latinoamérica e incluso a Suráfrica.

En cuanto a la presencia de los vinos de Torres en Asia, permítaseme recurrir a otro testimonio propio: cuando en 1994 viajé a Hong-Kong por vez primera no existían más vinos ni brandies españoles que los de Bodegas Torres –salvo algún fino o generoso de Jerez–, en los grandes restaurantes del rutilante enclave británico, mientras que su comercialización privada asomaba también en las vinotecas Krug, con una destacada exhibición en sus escaparates de los Mas La Plana, Coronas y Milmanda o los brandies Torres 10 y Hors d’Age, acompañando a otras excelencias enológicas del mundo.

La convivencia activa de la tercera y cuarta generación de Bodegas Torres, que encarnaron Miguel Torres Carbó y sus hijos Miguel Agustín y Marimar Torres Riera durante un largo periodo, concluyó en 1991, con el fallecimiento del singular dinamizador de la empresa, tras copiosas evidencias de progreso en común.

Miguel Agustín se había incorporado a la empresa familiar en 1961, después de graduarse en Dijon –capital de la Borgoña– en Viticultura y Enología, a la cabeza de su promoción, en una de las pocas universidades europeas que por entonces impartían las especialidades y después de haber cursado Ciencias Químicas en la Universidad de Barcelona. De inmediato, modernizó técnicas enológicas aplicando por vez primera en España el control de temperaturas durante la fermentación de los mostos y la maduración del vino en pequeñas barricas de roble, limitando los periodos de crianza en beneficio de la expresión varietal y frutal.

Asimismo, tipos de uva francesas y germanas que, ensambladas con uvas locales, generaron de vinos de nuevo corte y acontecimientos históricos, como el triunfo del Gran Coronas 1970, en las Olympiades du Vin de Paris, en 1979, que superó en cata a ciegas a las marcas supremas, incluso premier cru del vino de los 33 países en liza. También fue responsable de la expansión internacional de la bodega, con la implantación en Chile, en 1979, de Miguel Torres Chile, y en California, unos años más tarde, de Marimar Estate.

Miguel Agustín Torres es una leyenda viva del vino con reconocimiento universal e iniciativas, publicaciones, actividades, productos y marcas que han hecho época. Durante su gestión la dinastía familiar y corporativa ha sido objeto de distinciones como el World’s Most Admired Wine Brand o la pertenencia a  Primum Familiae Vini. Con la incorporación al negocio de Miguel y Mireia Torres Maczassek, representando la quinta generación familiar, Torres participa en otras zonas vinícolas españolas –Ribera del Duero, Rioja, Rueda y Rías Baixas–, añadiendo patrimonio en bodegas y viñedos a los habituales de Penedès, Priorat, Conca de Barberà y Costers del Segre, que acumulan en España cerca de 2.000 hectáreas de viñedos, nueve bodegas y presencia comercial en 150 países. Qué coincidencia.

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