Gran Canaria: Viaje por las cumbres

A finales del siglo XIX en Gran Canaria ya se practicaba el enoturismo. No lo llamaban así ni se sabía que estaban haciendo turismo enológico, claro, pero los turistas ingleses que llegaban a la isla atraídos por los relatos de viajeros y lo que contaban las guías turísticas que ya se publicaban en buena parte de Europa, recorrían la comarca del Monte Lentiscal en una especie de peregrinación en la que se extasiaban –oh, my Goodness!– ante la rusticidad de la zona y la espectacularidad de la caldera de Bandama, mientras se dejaban agasajar con vasos de Moscatel y Malvasía.

Texto: Óscar Checa Algarra. Fotos: Óscar Checa / Varios

Toda esta zona estaba plagada de viñedos y lagares y, por su relativa cercanía a la capital (además de por lo atractivo del paisaje y porque aquí se habían construido los dos primeros grandes hoteles balnearios) se convirtió en parte del itinerario que recorrían aquellos turistas ingleses en lo que se denominó ‘la vuelta al mundo’, un circuito pensado para entretener a quienes venían buscando, sobre todo, alivio para sus trastornos reumáticos o pulmonares. El caso es que aquel tour acababa llevándolos a lugares como la Finca el Mocanal, donde estaba (y sigue estando) la Bodega San Juan, con su magnífico camino de entrada flanqueado por enormes algarrobos centenarios. La quinta generación de bodegueros está hoy representada por Cristina Millán, cuyo propósito es renovar el perfil de los vinos elaborados aquí. Ha empezado con un tinto, pero llegarán los blancos y los dulces de Moscatel por los que era conocida la bodega en otros tiempos. También se ha reactivado lo tocante al turismo y ahora, las antiguas naves, los lagares enormes y cuevas de barricas se han musealizado y forman parte de un recorrido en el que se puede conocer la historia de esta bodega que conserva hasta los objetos más inverosímiles relacionados con el mundo de la vitivinicultura.

 

Bien de Altura

Como asesor en la Bodega San Juan trabaja Carmelo Peña, un joven de 34 años que cuenta con una sólida experiencia tras haber trabajado, por ejemplo, en el Douro (con Niepoort), en el Bierzo (con Raúl Pérez) o en Chile. Ahora aquí, en la Bodega San Juan, elabora sus propios vinos con uvas procedentes de viejos viñedos recuperados, que crecen en escarpes y pendientes y a una altitud de entre 1.100 y 1.460 metros. Es trabajoso pero él solo v

e bondades (viento fresco, aireación constante, buena exposición, viñedo en secano…) por lo que el nombre que le ha dado al proyecto es Bien de Altura. No hay soroche que valga cuando uno es feliz. Y a Carmelo se le nota así, radiante y apasionado con lo que hace. Su primer vino -y el más conocido- lleva un nombre que me suena familiar…: se llama Ikewen, una palabra de la lengua amazigh de los bereberes que significa ‘origen’.

Cerca de aquí, en la parte baja de la ladera noroeste del Pico de Bandama, está la Bodega Los Lirios, otra de las históricas del Monte Lentiscal. El paisaje negro del picón, de la arena volcánica, contrasta con los colores del viñedo y con el manto herbáceo que dejan crecer en él. El paseo por las viñas forma parte de las visitas a esta hacienda de la que no se sabe mucho respecto a su origen. Sí se conoce que antiguamente fue un convento y que después pasó a manos privadas y a estar ya por completo destinada a la producción agrícola y, sobre todo, vitícola. Las cepas que crecen en la parte más inclinada de la ladera tienen más de cien años pero son muy difíciles de cultivar. Más abajo, donde el terreno se hace algo más llano, las viñas combinan orientación y mo

do de plantación (unas en vaso y otras en espaldera), formando una estampa de lo más llamativa. El lagar de piedra que se conserva junto a la bodega es otro de los espacios que más llaman la atención pero, tal vez, el que se lleva la palma es el Bochinche. Así se llamaban aquí las tabernas de paso que preparaban comidas sencillas para los viajeros, los comerciantes o los trabajadores de las fincas y solían vender el excedente de vino de su producción.

Vendrían a ser lo mismo que lo que en Tenerife llaman guachinches. Y como es algo muy auténtico hay muchos establecimientos que se reclaman y definen como tales… sin serlo, claro. Pero el de Los Lirios sí es de los fetén y, además, con un pequeño toque de finura que lo hace más acogedor. Aquí, como en el resto de bochinches, se viene a beber vino y a probar los platos típicos de la gastronomía local (¡a ver si se te va a ocurrir pedir sushi, gyozas o dumplings…!) Pero además, los viernes organizan sesiones de teatro (Teatro Embotellado) y los domingos sus Sunday Wines, que incluyen un mercadillo de productos de marcas canarias y música en directo. Vamos, que no les falta de nada porque también tienen una casa rural en la misma finca, que ya se me olvidaba.

 

Ojos verdes

Antes de adentrarme hacia el centro de la isla, hacia la Cumbre, voy a visitar otra de las bodegas más singulares. Está al otro lado de la Caldera de Bandama, el que da al sur, en dirección a Telde. Aquí, en el barranco de García Ruiz está la Bodega Señorío de Cabrera, una modesta finca familiar ubicada en una ladera con inclinación imposible… Felisa y Agustín se han montado su pequeño paraíso vegetal en este escarpe delirante donde todo se hace en pequeño formato y con una sencillez apabullante. El viñedo está plantado en la parte alta de la pared, en bancales mínimos arañados en la roca. También hay cafetos, olivos y naranjos, que es lo que Agustín plantó en un principio, aunque luego lo convencieron para plantar vides. “Yo, lo verde que había visto hasta entonces había sido en los ojos míos”, bromea. Pues será así pero el caso es que sus naranjas han ganado varios premios…

Al viñedo se accede en una vagoneta por raíles, al estilo de los de terrenos como los de Ribera Sacra. Desde arriba, con la vista abarcando todo el barranco, explica su proyecto, abierto a las visitas pero, por supuesto, individuales o en grupos reducidísimos. El terreno así lo impone. Y claro, eso da lugar a una experiencia única, cercana y singular como pocas.

 

A las cinco en Agala

Aquellos primeros turistas ingleses de los que hablábamos al principio no se aventuraban hacia el interior. Claro que en aquella época los accesos eran escasos y después del ajetreo y el vaivén de las tartanas por los caminos del Monte Lestical pensarían que la ración de exotismo estaba más que cubierta. En fin, ellos se lo perdieron, claro, porque el espectáculo de Tejeda y la enorme caldera con barrancos, crestas, quebradas, hondonadas, cuevas, promontorios y salientes es algo digno de contemplar. Esta es una de las zonas arqueológicas por excelencia de Gran Canaria. No es de extrañar que a los antiguos pobladores de la isla les impresionara este entorno tanto como ahora a nosotros. En los actuales centros de interpretación del Roque Bentayga o en el de Risco Caído podemos conocer más sobre el pasado indígena de Gran Canaria, tan sorprendente como desconocido. Y en Artenara hasta podemos tener la oportunidad de alojarnos en una cueva, que era el tipo de vivienda de quienes habitaban este entorno hasta fechas muy recientes. Hoy muchas de esas cuevas se han reconvertido en alojamientos turísticos, como la casa-cueva Las Margaritas, de Artenatur, pero otras siguen siendo el domicilio habitual de mucha gente. La temperatura del interior permanece estable, por lo que en invierno permite estar más abrigo y en verano más fresco. Esta, además, tiene terraza con piscina y barbacoa.

Excavada en la roca está también la Bodega Agala (Bodegas Bentayga), en el extremo este de la caldera de Tejeda. El proyecto al frente del que está Sandra Armas comenzó hace 25 años cuando su padre plantó el viñedo. Tuvo que hacer las terrazas que hoy vemos pues, evidentemente, la orografía del lugar es demasiado abrupta y fragosa. Eso tampoco permitía crear grandes extensiones así que, finalmente, tienen 30 miniparcelas a diferentes alturas. Y el tema de la altitud es lo que le ha dado también su singularidad: puesto que estos eran vinos de altura, utilizarían el tema de la altitud como valor añadido en la elaboración y en la promoción.

Por eso sus vinos llevan por nombre el guarismo que hace referencia a la altitud de la parcela de la que procede la uva que está en mayor porcentaje en cada vino. Y las cotas van desde los 1.050 hasta los 1.318 metros. Agala, por cierto, también es una palabra de la lengua amazigh y significa ‘monte alto’. La parcela que se extiende justo a la puerta de la bodega es la de mayor altitud y aquí se organiza una de sus actividades turísticas, el Sunset de Agala, o lo que es lo mismo, la contemplación de la puesta de sol a las cinco de la tarde, cómodamente sentados con la caldera de Tejeda a nuestros pies, mientras disfrutamos de un vino excelente rodeados de las viñas de donde han salido las uvas con las que se ha elaborado. Nada más que decir…

 

Auténticos vinófilos

La última etapa del viaje me lleva primero hacia San Bartolomé de Tirajana, donde está Bodegas Las Tirajanas. Esta cooperativa ofrece la posibilidad de realizar visitas guiadas bajo reserva en las que nos explican la historia de la vitivinicultura en Gran Canaria, las variedades de uva, el proceso de elaboración de sus vinos y las particularidades de la zona en la que se asientan los viñedos de sus socios, que comparten terreno con olivos y palmeras. De todas las islas Canarias, esta es la única que tiene una verdadera tradición olivarera. Aquí se cultiva especialmente la variedad Verdial, tanto para aceite como para consumo de aceituna de mesa. Las visitas guiadas se acompañan de una degustación de los productos de la zona, por lo que con los vinos podemos probar aceite, aceitunas con mojo, queso artesano y pan.

El lado más gourmet llega una vez en Las Palmas, eso sí. En un viaje como éste hay algunos lugares que no pueden quedarse fuera y el primero es Vinófilos Triana, «un lugar de tapas y picoteo con una gran enoteca, con referencias nacionales e internacionales, pero en la que sobresalen los vinos canarios”. Así lo define Mario Reyes, su creador, un sumiller que, como no podría ser de otra forma, también presta especial atención al servicio en sala. Es una propuesta gastronómica original, con una decoración sugerente y la posibilidad de probar y comprar vinos canarios únicos, además de realizar cursos de cata.

Tampoco puede faltar un almuerzo o una cena en Hestia, el restaurante de Juan Santiago, un joven cocinero que desde muy temprana edad tenía claro que quería estar en los fogones y que después de estar “toda la vida del tingo al tango” se lanzó con su proyecto más personal aquí, en el barrio de Guanarteme, hace poco más de un año. Por la mesa pasa sorpresa tras sorpresa en unos platos aparentemente sencillos pero llenos de sabor y de maestría culinaria.

Y el vino, canario, por supuesto, como también ocurre en el menú degustación del Poemas, el restaurante que los hermanos Padrón inauguraron hace un año nada más y nada menos que en el Hotel Santa Catalina. Su cocina también se centra en lo local, con productos canarios presentados, además, en una vajilla diseñada por el creador grancanario Néstor Martín-Fernández de la Torre. Mientras disfruto con la Anguila a la ‘benedictine’, los Raviolis de parmesano y caldo de lentejas y la Cigala con toffe de su cabeza, entre otras exquisiteces, pienso de nuevo en aquellos ingleses de ‘la vuelta al mundo’: seguro que tras su día de inmersión autóctona también les 

hubiera encantado cenar en el Poemas…

 

 

En la caldera

 

Albillo, Listán, Marmajuelo, Verijadiego, Negramol, Malvasía, Tintilla, Moscatel, Castellana y Gual son variedades de uva de Canarias, sí, pero también son los nombres de las diez habitaciones del Hotel Rural Mondalón, un establecimiento enoturístico ubicado en el territorio del Paisaje Protegido de Tafira, en la parte baja de la zona del Monte Lentiscal y muy cerca de la simbólica Caldera de Bandama. La escarpadura que lo rodea, el antiguo Monte de León (que derivó en el actual Mondalón), es el resto de otra antigua caldera volcánica donde Bodegas Mondalón tiene plantados algunos de sus viñedos, rodeando al hotel. La bodega estuvo en su día alojada en lo que hoy son las instalaciones del hotel. Un viejo establo ha pasado a ser el restaurante (abierto a todo el público, huésped o no) y las dependencias del antiguo cortijo, reunidas en su mayoría alrededor de un patio en el que crece un níspero, se han transformado en habitaciones de elegante y confortable estilo rústico.

 

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