Fuentes del Silencio recupera viñedos abandonados en el Valle del Jamuz

Fuentes del Silencio  lleva casi una década instalada en Herreros de Jamuz, un pequeño pueblo de la comarca de La Bañeza leonesa. Desde esta localidad de la España vaciada, la bodega ha emprendido un proyecto de recuperación de viñedos abandonados por esas gentes que se fueron a la ciudad buscando una vida mejor. En estos años se han realizado estudios en toda la zona con el objetivo de encontrar aquellos parajes y territorios de mayor valor para elaborar vinos capaces de transmitir la complejidad de su territorio.

El equipo de la bodega, encabezado por Marta Ramas, Miguel Fisac y Alberto Aldonza, ha ido paso a paso realizando minuciosos estudios climáticos, edafológicos, biográficos y genéticos para determinar las condiciones de los viñedos y optimizar el proceso de recuperación. Algunos de estos estudios se han hecho contando con los mejores profesionales en su sector, como Biome Makers, empresa de origen vallisoletano e instalada en Silicon Valley que estudió la composición de los suelos y descubrió trazas de bacterias que participan en el proceso de creación del oro, lo que llevó a calificar los viñedos de Fuentes como «auroterroir». También se ha contado con el genetista de la vid de nacionalidad suiza José Vouillamoz para analizar muestras de ADN e identificar una variedad casi desconocida como la Gran Negro o la Doña Blanca.

Trabajo de zonificación
Además, se ha ido identificando el microclima de cada zona, viendo las diferencias entre el valle y el páramo alto, realizando un trabajo de zonificación de la región, de estudio de composición de suelos, y escogiendo los mejores parajes para elaborar vinos con identidad del Jamuz y más allá de etiquetas o denominaciones de origen: “Ahora sabemos cómo tratar cada zona para hacer los vinos que queremos; podemos permitirnos ir a contracorriente y sin ajustarnos a normativas, trabajar con todas las variedades que hemos recuperado en estas tierras y trabajar siguiendo una viticultura ancestral, habiendo escuchado las voces de los viticultores del lugar y, sobre todo, con la mente abierta y ganas de probar, de seguir explorando las posibilidades de este lugar, de interpretar de la mejor manera posible la complejidad del Jamuz”, comenta Marta Ramas.
Desde el comienzo, todo el viñedo se trabaja en ecológico, una tarea nada fácil por las condiciones de la región, pero que compensa porque se busca una elaboración poco intervencionista que lleve a vinos auténticos y capaces de hablar de su paisaje.
Fuentes del Silencio se ha volcado en todo este trabajo con un único objetivo: elaborar vinos con una profunda conexión con el Jamuz. Las Jaras, su vino de pueblo; Las Quintas, procedente de viñedos más frescos en el páramo norte de la región; y La Gándara, fruto de una parcela histórica de Herreros de Jamuz, situada junto al río son el trío de tintos con el que la bodega interpreta el territorio y trabaja con variedades instaladas en el Jamuz desde hace décadas: Alicante Bouschet, Mencía, Prieto Picudo y Palomino de viñedos muy viejos son su materia prima.
Además, la bodega cuenta con dos novedades: Mataperezosa 2019, procedente de cepas muy viejas de Palomino y Doña Blanca, situadas en el páramo norte del Valle; y Las Jaras Rosado 2020, un vino de pueblo elaborado con Alicante Bouschet, Prieto Picudo y Mencía que fermenta en barrica y se cría allí mismo durante seis meses, de color claro y matices frutales, fresco y expresivo.

Una rareza de Pietro Picudo
Fuentes del Silencio ha elaborado también una edición limitadísima (270 botellas magnum) de un vino excepcional en todos los sentidos, Villaflórez, tinto monovarietal de Prieto Picudo que procede de la Viña Leonarda, una de las parcelas más antiguas de la bodega y su niña mimada. Villaflórez es una rareza capaz de transmitir toda la emoción del viñedo del que procede, un lugar que ha sido mimado durante años por Martín, nieto del viticultor que plantó la viña entre 1903 y 1906. La botella de Villaflórez ha sido decorada por Willy Ramos, artista colombiano y maestro del color, que plasma en la etiqueta la alegría de la flora del Jamuz.

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