La Gamba Roja y otros crustáceos

Gambas rojas frescas en una lonja de Almería sobre hielo
Las gambas rojas son un símbolo de la gastronomía mediterránea.

La Gamba Roja se ha convertido en emblema de muchos restaurantes. Algunos cocineros, como Quique Dacosta, han hecho de ella su estandarte y le reservan un lugar especial en sus menús. Sin embargo, tenemos la fortuna de contar con multitud de crustáceos de cuerpo largo que suelen ocupar menos espacio en el imaginario colectivo. ¿Qué hay de las otras gambas?

Por Sarah Serrano

 

La Gamba Roja de Dénia, Palamós y Garrucha

Gambas rojas frescas en una lonja de Almería sobre hielo

Pocos crustáceos españoles han generado un imaginario tan poderoso como la Gamba Roja mediterránea, convertida en símbolo culinario y protagonista de monografías editoriales. Dénia la elevó a icono contemporáneo gracias a una generación de cocineros que encontró en ella una mezcla perfecta de intensidad y delicadeza. Palamós, por su parte, la integró en una tradición donde la lonja y el producto conservan todavía un enorme peso simbólico. Garrucha permanece algo más lejos de los focos, aunque muchos aficionados defienden allí una de las expresiones más sabrosas de esta gamba de aguas profundas. Las tres comparten una carne frágil que apenas admite artificios y han contribuido a transformar un marisco popular en uno de los grandes símbolos gastronómicos del Mediterráneo español.

 

El Langostino de Vinaròs y Sanlúcar

Plato con langostinos de Sanlúcar y rodajas de limón

Comparten nombre, pero responden a tradiciones muy distintas. El primero, criado en el Mediterráneo castellonense, destaca por una carne tersa y un sabor algo más equilibrado, muy presente en la gastronomía valenciana y en cierta idea de marisco clásico que viste los domingos de las mesas levantinas. En Sanlúcar, sin embargo, el langostino pertenece a otro universo culinario. La influencia del Guadalquivir y de las aguas atlánticas le aporta una intensidad mayor y una presencia más marcada en boca. Allí suele servirse apenas cocido y acompañado por una copa de Manzanilla, casi siempre en barras y tabernas donde el marisco forma parte de la vida cotidiana. Más que variantes de un mismo producto, ambos expresan maneras distintas de entender el litoral español.

 

La Gamba Blanca de Huelva y la Gamba del Grau de Castelló

Gambas blancas de Huelva sobre una superficie de mosaico

La comparación entre ambas también habla de tamaños y distancias. La gamba onubense se ha convertido desde hace años en una referencia reconocible en toda España, un producto capaz de viajar cientos de kilómetros sin perder prestigio. La del Grau funciona de otra manera. Mucho menos conocida fuera de Castellón, depende todavía de la cercanía, de la lonja y de una cocina que la trata con enorme sencillez. Su fragilidad forma parte de su atractivo. Mientras la gamba blanca admite celebraciones multitudinarias y mariscadas familiares, la del Grau parece pedir otra escala, más íntima y cotidiana. Ambas comparten una misma lógica de frescura extrema, pero representan modelos distintos de relación entre el producto y el territorio.

 

La Quisquilla de Santa Pola

Plato de quisquillas frescas con limón y eneldo

Pertenece a esa categoría de mariscos cuya grandeza reside, precisamente, en su fragilidad. Pequeña, delicada y extraordinariamente perecedera, apenas admite distancia entre el mar y la mesa. En los bares y restaurantes de Santa Pola suele servirse simplemente cocida, todavía tibia, para conservar una textura suave y un dulzor sutil que desaparece con facilidad si pasan demasiadas horas desde la captura. Durante años ha permanecido relativamente ajena a los grandes relatos gastronómicos españoles, quizá porque resulta difícil convertir en producto global algo tan ligado a la inmediatez y al puerto. Sin embargo, explica a la perfección una forma mediterránea de comer, donde el valor no siempre se mide por el tamaño ni por el lujo, sino por la cercanía entre la barca y la mesa.

 

El Camarón de Estero de Cádiz

Camarones frescos de Cádiz en un mercado de mariscos

El Camarón de Estero forma parte de una cocina popular donde el marisco se entiende como algo cotidiano y estrechamente unido al territorio. Su vida en aguas tranquilas y salobres le aporta un sabor intenso, inseparable de la imagen de esteros y salinas que define buena parte del litoral gaditano. También pertenece a una memoria sonora. En muchas playas todavía resuena el pregón de los vendedores ambulantes ofreciendo cucuruchos entre las sombrillas al grito de “¡El camarón de la Isla!”. Durante generaciones se consumió sobre todo en frituras y tortillitas, mucho antes de entrar en las conversaciones gastronómicas contemporáneas. Frente a otros crustáceos asociados al lujo, sigue hablando de tabernas, papelones compartidos y comidas frente al mar.

 

La Cigala de Marín

Cigala de Marín mostrando su carne delicada y elegante

Capturada frente a las rías pontevedresas, ocupa un lugar especial en la cultura marinera gallega. Su carne delicada y elegante es capaz de expresar el Atlántico sin necesidad de grandes elaboraciones. En Galicia suele servirse brevemente cocida o pasada por la plancha, en una cocina donde el marisco conserva todavía algo de celebración familiar y de ritual compartido. Cocineros como Pepe Solla la han reivindicado en sus menús como uno de los grandes productos del litoral gallego contemporáneo. También aparece con frecuencia en casas históricas donde el producto marca el ritmo de la mesa, como O’Grelo, uno de esos restaurantes capaces de convertir el marisco gallego en memoria gastronómica para varias generaciones de clientes.

 

El Carabinero de Isla Cristina

Plato de carabineros rojos con rodajas de limón

El Carabinero de Isla Cristina ocupa un territorio propio dentro del marisco español. Su color rojo oscuro y la intensidad de su sabor lo han convertido en uno de los crustáceos más reconocibles de la cocina contemporánea. Frente a la delicadeza de otras gambas mediterráneas, aquí todo resulta más profundo y rotundo, especialmente en la cabeza y en los jugos, muy apreciados por cocineros que buscan concentración marina. Buena parte de su fama reciente se debe también a la alta cocina, donde chefs como Dabiz Muñoz o Ángel León lo han utilizado en arroces, fondos y platos donde el marisco adquiere una dimensión casi cárnica. Incluso hoy conserva algo excesivo y fronterizo, más cercano a la intensidad que a la elegancia clásica del marisco español.

 

La Galera de Cambrils

Plato de galeras frescas con vista al mar en Cambrils

La galera nunca tuvo el prestigio de gambas o cigalas. Durante años fue un crustáceo humilde, habitual en arroces, fumets y cocinas de pescadores donde importaba mucho más el sabor que la apariencia. Su fragilidad y una anatomía que encierra cierta dificultad para separar la carne de la cáscara, la mantuvieron lejos de los grandes mercados y muy cerca, en cambio, de tabernas y casas familiares del litoral tarraconense que la conocían de cerca. En Cambrils sigue formando parte de una cocina ligada al mar y a los guisos marineros de invierno, cuando alcanza su mejor momento. Su reciente reivindicación gastronómica habla también de un cambio de mirada hacia ingredientes antes despreciados por el lujo clásico.

 

El Camarón Soldado

Hombre desembarcando camarones soldados en un puerto canario

Lo que muchos conocen como “gamba de La Santa” es en realidad el Camarón soldado, un pequeño crustáceo muy ligado a las aguas volcánicas del archipiélago canario y especialmente a la tradición pesquera de Lanzarote. Intenso, salino y de sabor concentrado, durante años permaneció casi limitado al consumo local, pero hoy se ha convertido en uno de los productos más valorados de la cocina canaria contemporánea. Su creciente presencia en restaurantes y menús gastronómicos refleja también un cambio de mirada hacia especies pequeñas y poco conocidas que concentran buena parte de la identidad atlántica de las islas. Algunos cocineros como Paco Medina, Paco Pérez o Juanjo López han contribuido a situarlo en la conversación gastronómica contemporánea.

 

 

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