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Méntrida: Una refinada lección de rusticidad

Una villa romana. Aquí podemos comenzar una ruta enoturística por la amplia comarca de Méntrida, aunque sería más correcto decir comarca de Torrijos, que es el nombre de la demarcación por donde se extiende la mayor parte del área de esa Denominación de Origen toledana. La villa romana en cuestión es la del yacimiento arqueológico de Carranque, un conjunto que se ha convertido en una referencia de gran valía para conocer parte de la historia de los últimos siglos del imperio romano y el tránsito a la Edad Media en el centro de la península Ibérica. Para llegar hasta aquí hay que cruzar el Guadarrama, el río que discurre por la parte este de la comarca.

Texto: Óscar Checa Algarra. Fotos: OC y Bodegas Jiménez Landi

Más tarde nos encontraremos con el otro cauce importante dentro de esta zona, el del Alberche, que baja hasta el Tajo cruzando el flanco oeste de la Denominación. Junto al Guadarrama se construyó pues esta villa, en un enclave por donde todo hace suponer que pasaba una calzada romana, la que unía Toletum con Complutum, es decir, Toledo con Alcalá de Henares.

Ese hecho tendría más relevancia algunas décadas más tarde, cuando la villa fue abandonada y se construyó, en sus cercanías, un palacio del que hoy solo quedan los cimientos y algunas columnas pero que ha dado gran cantidad de información a los arqueólogos. Pero volvamos a la villa porque junto a los mosaicos de escenas mitológicas que se han descubierto y que forman parte de la llamada pars urbana (la zona residencial), aquí se encontró también uno de los restos más antiguos de la zona relacionados con la elaboración de vino. Como todas las villae romanas, ésta de Carranque era una explotación agropecuaria. Parece ser que al principio estuvo dedicada a la producción de vino pero que con el tiempo, su dueño (un tal Materno, tal como figura en un epígrafe de uno de los mosaicos) la remodeló para adaptarla a la elaboración de aceite. El torcularium (la almazara

) se volvió a tapar después de ser excavado e investigado. Allí estaban los espacios para la molienda de la aceituna pero también zonas de pisa de la uva y depósitos para el almacenaje del mosto.

Una comarca cuajada de olivos

Este cambio de rumbo en la explotación agrícola, hace suponer que la producción de aceite se volvió más cuantiosa y, por tanto, reportaba más beneficios, aunque las razones exactas probablemente no las conoceremos nunca. De todas formas, lo que sí podemos constatar hoy es que toda esta comarca está cuajada de olivos, y muchos de ellos cuentan, a juzgar por su porte, con varios cientos de años en sus ramas. Así que el paisaje por el que nos movemos en un viaje por esta zona nos muestra desde llanuras dedicadas al cultivo de cereal hasta lomas y altozanos donde se alterna la vid y el olivo, aunque predomina el segundo según nos acercamos a la zona de la sierra (la de Gredos, al noroeste, que hace de frontera y límite natural).

De hecho, algunos de estos pueblos han acabado siendo conocidos a lo largo de la historia por sus olivares, su aceite y… sus almazaras. Es el caso de la pequeña localidad de Alcabón, cerca de Torrijos. Alcabón se fundó entre los siglos VIII y XI, durante la dominación árabe en la península. Por aquel entonces se la llamaba Alcabor, que quiere decir ‘chimenea’ o ‘humero’, un apelativo que provenía de las grandes chimeneas de los cinco molinos de aceite que había aquí.

Junto a esta cuestión de toponimia, algunos de los elementos que encontramos en el interior de la almazara que hoy es un museo, hacen pensar que esta sea la más antigua y completa en su tipología de las que han llegado hasta nuestros días en nuestro país. La Almazara de Alcabón tiene la peculiaridad de ser un museo y un restaurante. Como museo, además de las grandes prensas de viga, conserva todo el espacio, restaurado prestando atención a todo los detalles; instrumentos y enseres, como alcuzas, zafras, cántaros, tinas; e incluso, los molinos de fricción, las muelas de piedra, movidas por tracción animal, que permitían estrujar la aceituna sin romper el hueso.

Pero este es un museo del 

aceite… y del vino, porque junto a la almazara también se ha conservado una espléndida bodega con 19 tinajas de 200 arrobas, hechas por diferentes alfareros, aunque un buen número de ellas proceden del alfar El Carmen, de Talavera de la Reina. Entrar aquí es como hacer un viaje en el tiempo. Y casi lo mismo se puede decir en lo que respecta al restaurante porque su especialidad (y por lo que la mayor parte de la gente viene hasta aquí) es el cocido hecho en olla de barro en la chimenea, con leña y paciencia, como antiguamente. Julio, el propietario, también regenta una pequeña bodega cuyo vino se sirve junto a este plato.

En la Corte de los Prodigios

Mi viaje continúa ahora en dirección norte. Desde la llamativa Maqueda, con su castillo-fortaleza musulmán, la carretera me lleva hasta la villa medieval de Escalona. Es aquí donde nos encontramos con el Alberche, un río que baja tranquilo y apacible y que forma arenales que los locales aprovechan como playas junto a los árboles de la ribera. El enorme puente que da acceso a la colina donde se asienta el pueblo deja ver que en otros tiempos, el río era más ancho y más caudaloso. Este puente está directamente relacionado con la historia de Escalona, pues se construyó tras ganar el territorio a los musulmanes para garantizar la comunicación entre dos de las ciudades en donde se manejaba el cotarro en la época (siglo XIII): Ávila y Toledo. Escalona quedaba justo en medio. Eso y su emplazamiento perfecto como plaza defensiva jugaron muy a su favor para que acabara convirtiéndose en un lugar poderoso, próspero, por el que pasaron los grandes personajes de la época y que ha sido calificado como una Corte de los Prodigios.

Su castillo-palacio, que era el de mayor envergadura y perímetro de la Castilla medieval y el segundo en toda Europa, fue lugar de reuniones, fiestas y celebraciones por donde pasaron Don Juan Manuel, Enrique IV, Juan Pacheco ‘Marqués de Villena’, Juan II, Álvaro de Luna y su esposa Juana Pimentel, etc. Los pormenores históricos se pueden conocer a través de las visitas guiadas que se organizan desde la oficina de turismo, pero también visitando la exposición permanente sobre la historia de la villa, siguiendo la documentación del impresionante archivo de la localidad que Escalona ha conservado. Los legajos se remontan a finales del siglo XII y en ellos hay desde documentos oficiales, como la carta de privilegios de Alfonso XI, hasta escritos relacionados con los mercados o los prisioneros de las cárceles. Lo fascinante es que todos los escribanos de Escalona resultaron ser muy parlanchines (o muy escrupulosos y puntillosos), y relatan cualquier mínimo detalle en cada caso, lo que permite conocer de manera única la vida y costumbres de este pueblo a lo largo del tiempo.

Otra forma de conocer parte de lo acaecido aquí es recorrer sus calles siguiendo dos rutas: la de los murales de arte urbano y la de los libros. La primera recoge la obra de Mario Rodríguez, conocido como Mr. Trazo, uno de los artistas de nuestro país más reconocidos en ese ámbito. La segunda reúne textos de libros que guardan relación con la villa, como el Lazarillo de Tormes (al que Mr. Trazo también ha dedicado una pintura) cuya narración sitúa aquí uno de los pasajes más populares: la de la columna y el ciego.

Tinajas y micro-bodegas

En Almorox, el siguiente pueblo tras pasar Escalona, trascurre otro conocido episodio: el de las uvas. No se especifica en el relato qué tipo de uvas eran las que el vendimiador regaló al lazarillo y al ciego, pero podemos barruntar que si eran blancas, tal vez fueron de Albillo, mientras que si el racimo era de tinta, lo más probable es que fuera Garnacha. Son las dos variedades que se han cultivado aquí siempre, aunque en las últimas décadas se arrancaran muchos de los viñedos viejos de Garnacha para plantar Cabernet, Syrah, Merlot o Petit Verdot. Hoy, los bodegueros están intentando recuperar las variedades locales y hacer de la Garnacha, entre otras, su marca distintiva. Eso no quita que los vinos elaborados con el resto sean igualmente estupendos, claro!

Algunos de los primeros en apostar por la recuperación y por el terruño de Méntrida fueron bodegas como Canopy o Jiménez-Landi. Esta última también se puso manos a la obra con el enoturismo y hoy podemos visitarla, recorriendo los espacios de la vieja casa solariega del siglo XVI en la que han conservado incluso la cueva donde se elabora el vino en tinajas. En sus visitas ofrecen la posibilidad de acercarse al viñedo (sus parcelas están en Méntrida y en El Real de San Vicente, junto a la sierra de Gredos), algo que bien merece la pena y que debería plantearse todo el que se autodenomine ‘enoturista’, donde explican su particular viticultura de filosofía ecológica y biodinámica.

Las mazmorras del palacio

En La Torre de Esteban Hambrán, las Bodegas Alonso Cuesta también se han sumado al turismo del vino. Se localizan rápidamente: basta con acercarse a la plaza del pueblo y llamar al portón del antiguo palacio del siglo XVI construido por Diego de Vargas, secretario de Felipe II. La parte noble sigue siendo vivienda, pero en las dependencias traseras hay instalada una moderna bodega. Claro que también guardan para las visitas un rincón más romántico y novelesco, pues la sala de barricas está ubicada en las antiguas mazmorras del palacio, unas galerías abovedadas y construidas en ladrillo, donde hoy se crían los elegantes vinos de esta bodega.

Mi última visita me lleva, de nuevo, al campo, por la mitad de 82 parcelas de viñedo de diferentes variedades, plantadas hace unos veinte años en Otero, al sur de la comarca. Se trata de la bodega Finca Constancia que se construyó  junto a las viñas, integrada en el paisaje y con un cuidado diseño arquitectónico. Como en las bodegas anteriores, todas las visitas se realizan con reserva previa, por lo que se convierten en un servicio exclusivo. Esa misma exclusividad la tienen los grupos o empresas que deciden realizar aquí algún evento o reunión. Y, ya sean visitas particulares o en grupo, todos pueden recorrer el viñedo y su Jardín Experimental, donde hay plantadas variedades como Malbec, Zinfandel, Montepulziano o Touriga Nacional, poco presentes en la viticultura española y con las que se sigue un proceso de estudio para comprobar su adaptación.

Del viñedo pasan a la micro-bodega experimental creada recientemente donde se hacen las pruebas de elaboración en pequeños depósitos de fermentación troncocónicos y dotados de tecnología de vanguardia. La sala, de paredes de cristal, parece un escenario de película futurista… Al fin y al cabo así es la nueva Méntrida, sencilla pero innovadora. Se ha sacudido su flema lánguida y sus complejos, y ahora camina con la más poderosa de las energías: la autenticidad.

Un vino romano

 

Quitando el hecho de que se elaboraba con uvas, el vino que bebían los romanos se parece poco al que bebemos hoy en día. Pero el caso es que en todo el Imperio se producía y consumía. En el Parque Arqueológico de Carranque encontraréis unos ejemplos de aquellos vinos romanos. No es que se hayan descubierto en las excavaciones, no: se trata de unas elaboraciones llevadas a cabo por Bodegas Baetica, un proyecto de investigación del que forman parte varias Universidades, historiadores y profesionales de la gastronomía, y que ha elaborado una serie de vinos que se acercarían a las creaciones romanas. Las ‘recetas’ se han sacado de antiguos tratados o escritos. Así, por ejemplo, tienen el Paladio, un vino reconstruido a partir del Opvs Agricultvrae de Emilianvs Tavrvs Paladivs (S. IV d.C.), que está elaborado a partir de las variedades macabeo y beba, y en cuya fermentación se ha añadido fenogreco y miel, además de dejarlo macerar con hojas de cítrico. Por cierto, Bodegas Baetica no están en Toledo sino en el sur, en Sevilla.

 

 

 

 

 

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