El hall de La Hospedería de El Provencio alberga la continuación del Aula Didáctica del Paleolítico que se montó en este pueblo de la provincia de Cuenca tras el descubrimiento de una asombrosa cantidad de material que se remonta a ese periodo de la Humanidad. El trabajo de las canteras en los alrededores del río Záncara dejó al descubierto diferentes sucesiones estratigráficas en las que aparecieron restos de mamut y otra fauna extinta y, sobre todo, piedras talladas, un gran número de piezas de industria lítica.
Texto: Óscar Checa Algarra. Fotos: OCA/ Bodegas/Ruta del Vino La Mancha
Durante las obras de construcción de La Hospedería se encontraron también restos de esas tallas en piedra, por lo que se decidió crear este espacio que sirve, además, como punto de referencia a quien se hospeda aquí para continuar con una visita a ese Aula Didáctica nombrada anteriormente. Es toda una sorpresa para la mayor parte de quien recala en este hotel, pero no la única pues La Hospedería (que es el primer hotel con certificación Autism Friendly de Castilla-La Mancha) está construida en lo que fue una bodega, la antigua bodega cooperativa Nuestras Señora del Rosario, creada en los años cincuenta del siglo XX.

El Provencio producía muchos kilos de uva y las bodegas particulares del pueblo no tenían la capacidad suficiente para recogerlos, así que la solución fue la construcción de una nueva, adaptada a las necesidades. Diseñada por Pascual Carrión y Carrión, una de las figuras más relevantes de la ingeniería agronómica del siglo XX, estuvo en funcionamiento hasta los años noventa. Hoy, parte de las antiguas naves con los enormes depósitos de hormigón se ha recuperado dentro del proyecto hostelero, y el restaurante de La Hospedería se ha ubicado en ese área.
Si La Hospedería nos cuenta la historia agraria de la localidad y la comarca, el restaurante hace lo propio con la gastronomía. A los fogones está Emilio Ramírez y ofrece una propuesta moderna que reinterpreta sin disonancias la esencia manchega. Una esencia que está hasta en los nombres de los platos: en la Carta “Mu Manchega” de este restaurante encontramos, por ejemplo, el Lenguado gambitero a la parrilla, la Lubina espatarrá a la parrilla con refrito de ajos, la Paletilla lustrosa de lechal asado a baja temperatura o la Mousse de lima y chocolate que te da un apechusque. Un glosario de las palabras y expresiones manchegas con las que se describen los platos está incorporado a esa carta para guiar a quien no esté familiarizado con este vocabulario.
Campos Reales

El trajín de décadas en la bodega se terminó en los años noventa cuando las necesidades de renovación y modernización obligaron a la construcción de un nuevo edificio con tecnología de vanguardia. La antigua bodega se siguió usando como oficina y almacén hasta que quedó finalmente abandonada. La nueva se construyó no muy lejos, en lo que entonces eran las afueras. Ahora lleva el nombre de Campos Reales y se ha sumado al enoturismo recientemente. En sus visitas podemos ver la parte más funcional, industrial y práctica de una gran bodega: cómo se recepciona la uva en vendimia, cómo se clasifica y qué procesos pasa hasta que llega a los enormes depósitos de acero y cómo se embotellan los vinos una vez elaborados. “Quien haya viajado en los últimos años con Iberia tal vez haya probado uno de ellos, pues su Canforrales Tempranillo se ha servido en los vuelos de la compañía”, nos cuenta Carlos Haro.
Canforrales es la gama principal de la bodega y lleva el nombre de uno de los mejores parajes agrícolas de este pueblo unido desde hace siglos al cultivo de la vid y rodeado de viñedos. No hace falta ir muy lejos para encontrar el primero: al otro lado de la carretera que circunvala la localidad, está el primero, justo enfrente de La Hospedería y la bodega Campos Reales. “Pertenece a uno de nuestros socios, dice Carlos, y es la viña a la que venimos en algunas de nuestras visitas. Son cepas de la variedad airén que tienen unos setenta años de edad”. Sus uvas acaban hoy en las botellas de Campos Reales pero tal vez hace tiempo alguna de sus vendimias fuera a parar a las tinajas de la bodega del Doctor Plaza. Actualmente es un centro museístico de lo más atractivo donde se recrean los espacios relacionados con las labores del campo y, en especial, con el universo vitivinícola.
La colección etnográfica nos habla de la vida rural en otros tiempos y, tras pasar las portadas de madera pintadas de verde, aparece la bodega de tinajas, que nos transporta en un santiamén a épocas pasadas. Hay aquí tinajas de diferentes tamaños y colores, aunque la mayoría lucen el tono ocre, claro, de las arcillas rubias y de albero de la zona. Algún tinajero hubo por aquí, aunque la mayoría estaban en el cercano Villarrobledo, el municipio tinajero por excelencia de La Mancha y uno de los principales de toda España.
El pueblo de las tinajas

El Centro de Interpretación de la Alfarería Tinajera, en Villarrobledo, es uno de los lugares que no hay que perderse en la Ruta del Vino de La Mancha. Está ubicado en el barrio donde antiguamente se encontraban los pozos de barro y la mayor parte de los alfares. Uno de estos alfares, con su horno tinajero y todo, se recuperó hace unos años y sirve ahora como punto de inicio para empezar a conocer esta tradición. Nos cuentan cómo en la era se molía el barro con la ayuda de un rulo de piedra tirado por una mula, cómo se pasaba después al pilón para mezclarla con agua y cómo, luego, se amasaba con los pies para dar elasticidad y plasticidad a la arcilla. Tras esto, el barro estaba listo para poder trabajar con él. Las herramientas que se utilizaban para crear las tinajas están expuestas en el interior, junto a una colección de fotografías antiguas y un montaje escenográfico de figuras de barro a escala que recrean los diferentes pasos de la elaboración.

Una proyección cinematográfica narra el proceso de elaboración; un proceso en el que, a diferencia de otras técnicas alfareras, aquí es el artesano el que va dando vueltas alrededor del objeto, añadiendo grandes rollos de arcilla poco a poco hasta componer esta gran vasija. Una vez levantada, se dejaba secar al sol y, después, se cocía en un horno descomunal hasta donde se trasladaba a pulso, como vemos en algunas fotografías en las que un grupo de hombres transportan en volandas una de ellas. El material, la forma y la técnica convirtieron a la alfarería tinajera de esta localidad en un referente y sus tinajas pasaron a ser las preferidas de muchos bodegueros. Un buen número de los que ahora encontramos aquí decidieron apostar por esta elaboración tradicional que estuvo a punto de perderse.
César Velasco fue uno de los primeros en apostar por la recuperación de las tinajas. Tercera generación de bodegueros, César rehabilitó una bodega de tinajas centenarias que encandilan a sus visitantes. “Son un total de cincuenta y cuatro y tienen una capacidad de 250 arrobas, unos cuatro mil litros”, comenta. “Las más antiguas, de unos 130 años, no las usamos para las elaboraciones, pero el resto sí”. César relata la historia de su familia y la intercala con la del propio pueblo y esa tradición vitivinícola y tinajera. Es interesante saber que Villarrobledo posee la mayor extensión de viñedo de La Mancha (por lo que también lo sería de España y ¡del mundo!) pero eso no quiere decir que no se hagan elaboraciones de calidad: aquí el rendimiento por hectárea es bastante bajo y, ya desde hace décadas, los nuevos bodegueros cuidan cada detalle. La elaboración en tinajas les diferencia de otros “y, además, -dice César-, las variedades locales, que suelen ser variedades de poca acidez, permiten hacer vinos con mínima intervención, algo que busca cada vez más el consumidor”.
El viajero, por su parte, busca lo local y lo auténtico, y por eso, junto a bodegas como la de César, cuando viene a Villarrobledo tiene como referencia, en lo gastronómico, el restaurante Azafrán. Cuenta Teresa Gutiérrez, la chef, que buscaba un nombre para el establecimiento que se identificara con la zona y, claro, el azafrán está unido a La Mancha desde hace siglos. La cocina que plantea Teresa respira tradición, pero bajo un prisma actualizado: albóndiga rellena de pisto manchego, croqueta de atascaburras con jugo de queso de oveja, migas ruleras son sardina, lomo de orza con alioli sobre tomate dulce… Teresa recupera viejas recetas y las adapta a los paladares actuales, maridándolas con los vinos de aquí y de las distintas regiones vitícolas de Castilla-La Mancha, aunque en su carta también hay referencias de otras Denominaciones de Origen, claro.
“¡Me encanta lo manchego!”, dice. “¡Cada día más!” El guiño al espíritu y la idiosincrasia manchega también está en la decoración, con las fotografías de una pared hecha de adobe y mortero, un conjunto de tinajas o los bombos geminados. Nos viene bien esta imagen porque en nuestro planning estaba, precisamente, realizar una pequeña ruta de bombos.
Los bombos geminados

¿Qué son los bombos? Bombo es la palabra con la que se denomina en parte de La Mancha a una especie de caseta de campo construida junto a las viñas, usando solamente piedras planas que se apilan sin ningún tipo de argamasa. La mayoría son de dimensiones considerables y lo más llamativo de todo es que el techado o la cubierta se realiza en forma de falsa bóveda… Se les llama así, ‘bombos’, por su forma abombada, pero también tienen otros nombres como chozos, cucos, cubos, cubillos… Algunos, los más pequeños, los hacían los pastores, pero parece ser que se empezaron a construir a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el momento en que comenzó a extenderse de forma importante el cultivo de la vid. Los bombos servían como vivienda y como refugio durante el tiempo en que había que realizar las faenas del campo, además de lugar donde guardar los aperos y las herramientas. Por eso, en su interior suelo haber una chimenea para hacer fuego, poyos para sentarse o descansar, hornacinas a modo de alacenas, estacas clavadas en las paredes donde se colgaban los aperos y una zona para los animales que, al estar también dentro, proporcionaban calor durante la noche.
Los bombos son una de las mayores singularidades de la Ruta del Vino de La Mancha. En el cercano pueblo de Tomelloso existe una Ruta de los Bombos, además de contar con uno especialmente llamativo, construido a finales de los años 60 que alberga un museo etnográfico. Está el Museo del Carro y los Aperos de Labranza y lo levantó Pablo Moreno, considerado maestro en el trabajo de la piedra seca. Es gigante y para su construcción se utilizaron más de dos millones de piedras, dispuestas, recordad, una sobre otra sin nada que las una. Por todo el territorio de La Mancha encontramos estos bombos y aquí, alrededor de Villarrobledo, también abundan. Para verlos hay que salir al campo, claro.
En dirección a la pequeña aldea de Las Ventas de Alcolea están unos de los más llamativos: los bombos geminados. Son dos bombos unidos, con sus dos bóvedas y sus dos puertas. Están en mitad de un viñedo, como suelen encontrarse todos. ¿De dónde sale la piedra con la que están construidos? Son lajas, piedras más o menos planas que, al labrar el campo, se sacaban y se amontonaban para dejar el terreno más limpio y suelto. Hay que ser muy hábil para construir algo así sin usar argamasa y solo cuando estamos delante de uno de estos bombos vemos que son una auténtica proeza arquitectónica.
Conjunto Histórico-Artístico
De arquitectura y de historia nos hablan también en las visitas turísticas de Villarrobledo, un pueblo que surgió, según se cuenta, cuando la población de un villarejo (asentamiento para asegurar el territorio durante la época de la Reconquista) se empezó a asentar en una fértil vega rodeada de un bosque de encinas y robles.
En la plaza de Ramón y Cajal, en el centro, está la casa de Andrés López-Muñoz, construida en el siglo XIII por los fundadores de Villarrobledo. Tiene una larga historia: fue el lugar donde se pagaban los impuestos al Marqués de Villena, sirvió de ‘sede’ a los frailes dominicos que ejercieron desde aquí su poder y sus sótanos se convirtieron en cárcel de la Inquisición. Este puede ser el lugar para empezar a descubrir el interesante patrimonio civil de Villarrobledo que cuenta con casas y escudos señoriales, antiguos conventos y calles de lo más vistosas. No es de extrañar que su casco antiguo esté declarado Conjunto Histórico-Artístico. Antes de salir a explorar las calles, en la misma plaza hay que visitar los dos edificios que llaman la atención por su monumentalidad: el ayuntamiento y la iglesia de San Blas. El primero es una de las obras más destacadas de la arquitectura civil renacentista realizadas en La Mancha en el siglo XVI.
Llama la atención su fachada con doble arquería pero lo más curioso está en el interior, donde nos encontramos con un claustro, oculto hasta hace bien poco y sacado a la luz siguiendo un proyecto del gran Peridis. Pero, ¿qué hace un claustro en un edificio civil? Se piensa que tal vez pertenecería a la primitiva fábrica destinada al Pósito y la Audiencia. Las sorpresas afloran a cada paso. Lo mismo ocurre cuando entramos en la iglesia de San Blas y nos encontramos con bóvedas de gótico isabelino, otras renacentistas, grandes columnas, una enorme planta de salón, un retablo barroco… La lectura de todo ello en clave histórica nos irá revelando momentos claves en el devenir de la localidad.
También molinos

Y, si hablando de arquitectura y estando en La Mancha, alguien había echado de menos los molinos, este viaje también los incluye, ¡claro que sí! La última de nuestras visitas enoturismo nos lleva a Pago de La Jaraba, una propiedad agrícola y ganadera que se extiende entre los dos pueblos que hemos visitado, Villarrobledo y El Provencio. El paraje toma el nombre de la época musulmana. ‘Jaraba’ vendría a significar algo así como “tierra abundante en agua” y recalca lo que hemos ido viendo y nos han explicado sobre la fertilidad de este territorio. La historia actual de La Jaraba comienza en 1997, cuando la finca cambia de propietario y se enfoca en la excelencia productiva: se recupera la viña, se plantan olivos y almendros y se construye una bodega, una almazara y una quesería, esta última para aprovechar la leche del ganado de ovejas manchegas que poseen para mantener la genética de esta raza. Y todo eso está abierto al público a través de visitas turísticas en las que se recorre la finca en minibús o tren (eléctricos) y nos enseñan cómo todo el proceso productivo está pensado desde la sostenibilidad y la circularidad.
La Jaraba es un auténtico oasis en el que la noción del tiempo se desvanece. Todo aquí es llamativo pues hoy nos hemos alejado de tal manera de la agricultura y la ganadería que nos resultan de lo más exótico. Tanto como encontrarnos con Florencio, el pastor de La Jaraba, que saca cada día a parte del rebaño de tres mil ovejas; o pasear por el viñedo; o ver un campo de girasoles. Las experiencias de La Jaraba se completan con actividades como conciertos de música clásica en la nave de barricas, talleres de pintura con mosto y otros eventos que se pueden diseñar a medida.

Por cierto, este verano hay una actividad especial pensada para el día del eclipse: el contenido es secreto, pero terminará junto al molino de viento que forma parte del recorrido de las visitas y que es uno de los rincones más fotografiados de la finca. Es un molino nuevo pero construido exactamente igual que los tradicionales, ¡con la maquinaria y todo! “De hecho -nos cuenta Teresa, responsable de enoturismo- gracias a este proyecto de construcción del molino, se han realizado planos arquitectónicos modernos sobre estas edificaciones pues no había nada al respecto”. El molino de La Jaraba, totalmente funcional, no está en un cerro, pero tiene el mismo encanto que los que encontramos en otros lugares de La Mancha. No podíamos haber elegido un lugar mejor para terminar este viaje…
Cómic y arte urbano

Las viñetas de los cómics y tebeos, las escenas que forman estas historias, tienen que ver con el mundo del vino. Al menos en lo lingüístico, pues esa palabra, ‘viñeta’, deriva del francés vignette, un diminutivo de vigne (viña) que hace referencia a los adornos con hojas de vid y racimos de uva con los que se adornaban los márgenes o los inicios de capítulos de los libros antiguos. De ahí pasó a designar los recuadros y, finalmente, las escenas de los cómics.

Esto nos lo cuentan en el Museo del Cómic de El Provencio, uno de los más destacados en cuanto a su colección. El edificio donde está ubicado, la sede de la antigua Comunidad de Regantes, tiene en su fachada una de las obras de arte urbano que podemos ver por todo el pueblo y que forma parte de una de las rutas de arte urbano más originales de las que podemos encontrar en nuestro país, con más de 40 murales repartidos por toda la localidad, de autores como Freskales, Metal Ink, Marín Walker, LALONE o Juana Cegos y Delicado Sergio, entre otros muchos.





