La cocina en nuestro idioma: Un signo optimista en la XXX Cumbre Iberoamericana

Mesa cubierta de numerosos platos, bebidas y recipientes de cocina sobre manteles azules.
Una mesa reúne numerosos platos servidos en recipientes variados, junto con bebidas.

Me entero que la lengua española –puede muchos ya los sepan– se ha con­vertido en lengua oficiosa y principal de los llamados Fondos Ambientales. Se trata de los mecanismos financieros estratégicos que contribuyen a la sostenibilidad de la bio­diversidad. La histórica Cumbre de la Tierra, celebrada en Río, dio carta de naturaleza, hace 40 años, a esta modalidad socioeconó­mica que concentra su mayor operatividad en América Latina.

Por Luis Cepeda

En un reciente encuentro de trabajo, integrado por representantes de países hispanos, se percataron de que man­tenían sus conversaciones y acuerdos en inglés –sustraídos por una tendencia gene­ralizada en el ámbito de los negocios–, pese a disponer de una lengua propia, común y nativa. La perplejidad les condujo al sentido común: usar corporativamente su idioma e incorporar la traducción simultánea a otras lenguas cuando comparten reuniones con extranjeros.

El episodio me perece ejemplar y cuento con que la XXX edición de la Cumbre Iberoamericana, que se celebrará en noviembre en Madrid, empiece por ahí. Y me sugiere, además, una actitud equivalente ante el auge profesional de la cocina iberoamericana. Emprender, en paralelo a la Cumbre Iberoamericana, un eje de expresión determinante de su identidad común: la cocina en nuestro idio­ma. La antropología social y la psicología coin­ciden en que los elementos más inamovibles y persistentes de una cultura son la lengua y la alimentación. De hecho, se trata de los dos factores que más identifican a una colectividad. Se piensa en el idioma que se habla y no deja de ser curioso que, mientras exigimos respeto a las costumbres y lenguas autóctonas, las expresiones anglosajonas nos invaden más allá de las palabras. Generan acciones interesadas y globalizan tendencias que a menudo quebrantan identidades y arraigos propios.

Hombre con traje azul junto a un distintivo de la Academia Iberoamericana de Gastronomía.
Rafael Ansón

Hace 22 años –aún reciente la clamorosa portada de Ferran Adrià en The New York Times– Gastronomicom News organizó en Málaga el primer Congreso de la gastronomía hispanohablante, donde voces autorizadas, como la del cronista gastronómico hispano-argentino y residente en París Óscar Caballe­ro dijo: “el francés, que ha sido el idioma federador de la gastronomía profesional desde sus comienzos, está dejando paso al español”. Rafael Ansón –entonces presidente de la Academia Española de Gastronomía y ahora de la Academia Iberoamericana de Gastronomía, concretó que “la creatividad y el carácter propio es lo que convierte a la cocina en español en la pio­nera del mestizaje gastronómico en todo el mundo”.

Lo primero lo es a medias. Está por ver. Pero hay razones sobradas para verificar la identidad y poten­cia de la cocina en nuestro idioma a la que se refirió Ansón. El español es un idioma competente pa­ra abordar sus propios intereses en el ámbito gastronómico. Lo hablan más de 600 millones de personas en el planeta, de América a Asia; de Europa a la Antártida. Es la segunda lengua materna del mundo, solo por detrás del chino mandarín; la segunda también en la publicación de textos científicos y la tercera más utilizada en Internet.  El nexo hispanoamericano se anticipó, en esencia y potencia, a cual­quier fenómeno de mestizaje alimenticio universal: ¿puede imaginarse la cocina italiana sin salsa de tomate o la española sin gazpacho? ¿Y el chorizo sin pimentón, la Nochebuena sin pavo o la cocina argentina sin bifes de vacuno? ¿Se concibe México sin chicharrones o sin huevos a la ranchera?¿Y qué sería del cebiche peruano sin los limones y la cebolla o del arroz a la cubanasin arroz ni el plátano?

La cocina occidental es la amalgama de un generoso encuentro de civilizaciones cuya apología desfallece ante su mera enumeración: trigo y arroz, aceite y vino; cítricos, cebollas, cilantro, plátanos o caña de azúcar; vacas, cerdos y gallinas o café y especias viajando hacia América. Patata, maíz, tomate y pimiento; alubias, girasol, cacao y vainilla; pavos, cacahuetes, aguacate y papaya, incorporándose a nuestra despensa. Nos conviene consolidar la excelencia vigente de esa relación y la XXX Cumbre Iberoamericana, que se avecina en noviembre, parece ocasión propicia para exhibir esencia, presencia y potencia de la cocina de los países iberoamericanos en España. Como anticipo hostelero, editorial o audiovisual del acontecimiento o como prolongación y trascendencia de su tendencia en apogeo. Es el testimonio positivo de una relación marcada por la voluntad de convivencia y el idioma común, cuya veracidad sin trampa y noble alcance, sustrae de tensiones remotas y nada edificantes.

Cubierta del libro De la olla al mole, con una ilustración de barcos de vela.
La obra de Xavier Domingo «De la olla al mole» (1984) recorre las cocinas iberoamericanas y su evidente mestizaje

La cocina en nuestro idioma ha evolucionado y trascendido como nunca debido a individualidades modestas o prodigiosas, pero la globalización y sus dislates aconsejan actitudes más colectivas que concreten su competitividad y diferencia. El fenómeno de la alianza entre culturas culinarias es tan antiguo como el mundo, aunque sus artificios recientes en nombre de la vanguardia y la creatividad, a menudo más innecesarios que inverosímiles, lo invistan de acontecimiento cosmopolita ahora, con platos que caducan al día siguiente. Está claro que el mestizaje iberoamericano es más legítimo y menos enajenante –por ajeno y por alienante– que la interesada colonización culinaria oriental, tan arbitraria como fashion, que se aprende en Londres o en Bangkok, por más espectacular y amanerada que resulte a primera vista. Coci­nemos en nuestro idioma. Hagamos y hablemos de nuestra cocina.

 

 

 

 

 

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