Formaciones rocosas rojizas se elevan sobre vegetación y hierba seca, bajo un cielo cubierto.
Desde su nacimiento en la Sierra Cebollera, el río Iregua desciende caudaloso para atravesar los paisajes ganaderos y forestales de los Cameros y las fértiles tierras del Bajo Iregua hasta su desembocadura en el Ebro en Logroño.
Texto: Patricia Magaña. Fotos: Origen
A su paso, baña con sus aguas cristalinas productos y proyectos de las gentes que han hecho del Valle del Iregua su hogar. Un lugar en el que ganarse la vida no está reñido con un respeto casi sagrado a lo que la Naturaleza ofrece entre los cañones que dibuja el caudal del agua.
Precisamente estas gentes son personas valientes que habitan pueblos pintorescos enclavados en la montaña o entre los cortados que dibujan las Sierras de Cebollera, los Cameros o las Peñas de Islallana, de piedra caliza y de un precioso tono rojizo, tan característico del valle. Pueblos como Villoslada y Ortigosa de Cameros, Torrecilla en Cameros, Nalda, Viguera, Entrena, Daroca de Rioja, Sojuela, Albelda de Iregua o Navarrete, por citar solo algunos.
Hasta allí fuimos, recorriendo la N-111, una carretera especialmente apreciada por los amantes de las motocicletas, por su combinación entre un paisaje espectacular, algunas curvas cerradas y buena gastronomía. Pero no hace falta ser motero para disfrutar de este entorno espectacular, que gana en colores ocres y dorados a medida que avanza el otoño.
El Colletero, un proyecto único
La tarde empieza a acechar el pueblecito de Nalda, a cuya entrada se lee un cartel que dice: “Se vende tomata riojana”. Pese a que nos gustaría parar para comprar algún kilo de los últimos tomates del verano, continuamos hasta el centro del pueblo, donde hemos quedado con Raquel Ramírez, una de los artífices de la asociación El Colletero, con 26 años de historia.
Raquel llega al bar Castillo con una sonrisa que ya no desaparecerá durante el resto de la tarde y, aunque es complicado, debido a la ingente labor social que realiza la asociación, se propone que entendamos los objetivos de El Colletero: “Hace 15 años nació el proyecto de desarrollo rural Huertas del Iregua. Nos iban dejando huertas abandonadas y nosotras las gestionamos. Algunas están en barbecho, otras en proyectos de investigación y otras en producción. En total tenemos cuatro hectáreas de huerta y cuatro de olivos y frutales”, explica.
Aunque efectivamente hay doce personas trabajando en El Colletero, tres de ellas con salario, la asociación la conforman alrededor de 200 personas, “en cada casa de Nalda hay alguien que pertenece a El Colletero”, comenta Raquel orgullosa. “Ligado a las huertas tenemos un proyecto de formación en agroecología, cursos muy prácticos destinados a que la gente aprenda cosas del campo, para potenciar el relevo generacional, la integración social de los menos favorecidos y evitar que desaparezcan variedades autóctonas”.
La asociación vende en Nalda, y también en una tienda propia en Logroño, sus cestas llenas de frutas y verduras procedentes de sus huertas y de las cooperativas de Nalda, Albelda y los productores agrupados del Moncalvillo, además de otros productos de comercio justo. “Lo recaudado se reinvierte en la asociación, fundamentalmente para mantener los sueldos de las personas que trabajan a diario en el campo”.
La Ciruela Claudia Reina Verde
Junto a Raquel, en la mesa de metal del bar se sienta Víctor Fonseca, un joven agricultor que participó en los cursos de formación de El Colletero. “Me apunté a su Programa Primer Empleo, pero en casa siempre he estado ligado a la agricultura, hemos tenido huerta para autoconsumo y todo tipo de frutales”.
A sus 27 años, lleva seis como agricultor profesional y actualmente es el presidente de la Cooperativa de Nalda, formada por unos 25 socios, diez de los cuales son productores. “Somos una cooperativa pequeña que comercializa exclusivamente ciruela y pera. Buscamos la calidad antes que la producción a gran escala”, asegura.
Pese a su juventud, Víctor se encarga de 15 hectáreas de frutales con la ciruela como soberana absoluta de sus cultivos. “El ciruelo es un árbol que siempre se ha dado muy bien, y la ciruela que se hace aquí es diferente, tiene un sabor muy dulce, pero cuando te acercas al hueso, tiene un punto de acidez muy especial”.
En lo más cálido del verano, alrededor del 25 de julio, se recolecta la ciruela, que se traslada a la cooperativa, donde se mete en cámaras y se va sacando en función de la demanda. Esta fecha marca el inicio de una de las tres fiestas que giran en torno a este fruto: la ciruela en flor en abril, la fiesta en agosto durante la campaña y la fiesta de la ciruela pasa, en diciembre. “La ciruela pasa se seca al sol en cañizos tendidos en el suelo, como se ha hecho toda la vida. Es muy apreciada, y nunca tenemos tanta como nos piden”.
Matías Mogilner, el cabrero de Ortigosa
Quedamos con Matías Mogilner a las 10 de la mañana en el bar de la plaza de Ortigosa de Cameros. Es la hora en la que acostumbra a bajar al pueblo para rellenar con agua de la fuente varias garrafas para sus cabras, y aprovecha para tomarse un cortado. Le acompañamos con otro mientras nos cuenta cómo un diseñador gráfico de Buenos Aires ha terminado criando un rebaño de 250 cabras en el Valle del Iregua.
Pero para entender su historia, hay que hablar de Alicia Fernández, su pareja y artesana de la Quesería Roca de Cabra, a la que conoció en Barcelona, donde él se dedicaba al diseño en la empresa familiar y ella a ser agente inmobiliaria. Hasta que les sorprendió la crisis.
“Vinimos aquí hace unos 22 años, mi suegro nos dejó una finca de una hectárea para construir una nave que convertimos en quesería y empezamos con el negocio comprando la leche a un chico de Alfaro. Un día mi amigo Maixi me dijo que por qué no ponía animales y así fue como me traje unas cabritas de Muro y luego otras de Laguna, siempre acompañado de Salta, la mejor mastina del mundo”.
Mientras subimos a un todoterreno blanco para abordar el camino forestal que nos llevará a su explotación, Matías nos cuenta su día a día: “Ahora vivo con las cabras en la montaña, me levanto a las 4, ordeño a las 148 cabras manualmente, llevo la leche a la quesería y bajo al pueblo para recoger el agua. Ellas andan por el monte con los perros durante todo el día, y por la noche las guardo”.
Este diseñador gráfico metido a ganadero tiene las cosas muy claras: “La base es atender a los animales bien, eso es fundamental, si los cuidas bien, darán más y mejor leche”.
Quesería artesana Roca de Cabra
A tan solo 500 metros del espectacular paisaje de montaña en el que ramonean las cabras de Matías, se encuentra la quesería artesanal Roca de Cabra. Allí nos recibe Alicia, que hoy tiene que acudir a La Grajera, en Logroño, para representar a los quesos con la Denominación de Origen Protegida Queso Camerano a la que pertenece.
“El queso Camerano es un queso de subsistencia -explica Alicia-, la gente de la zona tenía 3 o 4 cabras en su casa y hacían queso, fundamentalmente fresco. Cuando se fueron quitando las cabras se dejó de hacer, pero yo le pedí a dos vecinas que me enseñaran y empecé así, como una afición”.
Y de esa afición ha surgido una forma artesanal de ganarse la vida procesando entre 800 y 1.000 litros de leche a la semana para hacer yogures, quesos con Denominación de Origen Protegida y otras variedades, como queso al estragón, a la pimienta, al Pimentón de la Vera o uno con cuajo de flor de cardo con miel de los Cameros y flores.
“Para mí el queso tiene que hablar del sitio donde estás, eso es lo más importante. Lo que diferencia a nuestra quesería es que la leche es de pastoreo y eso dice mucho de nuestra identidad y de las características de la zona. Por ejemplo, hay un cambio muy drástico entre la leche de primavera, que sabe a tomillo, romero y flores… y la leche de otoño-invierno, que es más densa y sabe a setas, bellota, moras, escaramujo y enebro”.
En la quesería todo se hace a mano, de forma artesanal. “Quien prueba mi queso sabe que es mío, pero va a ser diferente al que probó alguna otra vez. Son quesos un poco asalvajados, que evolucionan un poco hacia donde ellos quieren, porque hemos decidido no tener una quesería ultra controlada”, asegura.
Alto Iregua, el triunfo del negocio familiar
Después de conocer los entresijos de la quesería de Alicia, Matías nos devuelve a la plaza del pueblo, desde donde nos dirigimos a conocer la carnicería de la localidad, un pequeño negocio familiar que ha sabido hacerse una marca muy reconocible de embutidos y patés: Alto Iregua.
Detrás del mostrador se encuentra Amaia Maza, segunda generación del negocio familiar: “Mis padres tenían ganado, mayormente ovejas, y montaron la carnicería en el pueblo. Fue en 1999 cuando entró la segunda generación, mi hermano y yo, y decidimos trabajar bajo la marca Alto Iregua, que tanto nos representa”.
La elaboración es artesanal y totalmente propia: chorizo, salchichón, lomo, cabezada, panceta y patés en ocho variedades, tradicional, crema de hígado, trufa, oporto, pimienta, campaña, finas hierbas y jabugo.
Al lado de Amaia, su cuñada, Lorena Ramírez, que forma parte de las cinco personas que trabajan en el negocio, explica perfectamente el éxito del proyecto: “Lo diferencial de nuestros productos es la tradición, seguimos las recetas que tenían mis suegros y en base a esas recetas hemos innovado, como por ejemplo con las variedades de paté”. Y precisamente algo muy tradicional es lo que vamos a descubrir en nuestra próxima parada, Viguera.
El Caldo de Viguera
Almudena Rodríguez regenta El Refugio, un restaurante familiar de más de tres décadas donde se degusta una excelente cocina tradicional riojana. Y, aunque hemos comido un delicioso menú del día, buscamos que una voz autorizada como la de Almudena nos cuente cómo se hace el ancestral caldo de Viguera, que más que un plato es un ritual gastronómico que une a toda la familia en torno a una cazuela de barro.
“Para hacer este caldo el agua es fundamental porque viene de manantial… Yo he intentado hacerlo fuera de Viguera y no sabe igual”, reflexiona mientras nos da la receta: “Se pone agua, se le echa pimiento seco, cebolla y tomate seco, todo en crudo, sin sal. A última hora, cuando ya está todo muy cocido, se echan un par de huevos. Mientras tanto, en una cazuela plana de barro, se restriega un ajo, luego un poquito de la cebolla, tomate y pimiento de los que hemos cocido, junto a una o dos cucharadas de aceite de oliva en crudo. Se cuela el caldo y se echa a la cazuela, de donde todo el mundo come con trozos de pan. Por último, se vuelcan en la cazuela los huevos y la verdura que había quedado tras colar el caldo. Y todos vuelven a comer de ahí con pan”.
A partir del otoño es el momento idóneo para degustar el famoso Caldo de Viguera, una delicia que suele consumirse desde las fiestas de San Miguel hasta el mes de mayo. Y con ese rico regusto, emprendemos camino hacia Albelda de Iregua para visitar algo muy riojano, una bodega.
Vinícola Real – 200 monges, guardianes del legado
Sara Arambarri, responsable de enoturismo, nos recibe para enseñarnos el complejo Vinícola Real – 200 monges, formado por una bodega, un restaurante y un hotel de 18 habitaciones. El proyecto comenzó en 1992, cuando Miguel Ángel Rodríguez excavó bajo una peña de Albelda un espectacular calado para poder llevar a término su sueño: hacer tintos de calidad y de larga guarda. “Nuestros tintos salen exclusivamente a los 10 años como reserva, y se pueden consumir a los 20 y a los 30”, explica Sara.
La marca 200 monges hace referencia a un legado histórico artístico olvidado, los 200 religiosos que habitaban el desaparecido monasterio de San Martín de Albelda en el año 924. Llegó a ser uno de los centros culturales más importantes de la alta Edad Media en España y fueron reconocidos por el trabajo intelectual y artístico que llevaban a cabo en su scriptorium. “A nuestros días solo han llegado cinco manuscritos, entre los que destaca uno de los más importantes que se conservan en España: el Códice Albeldense -explica Sara-; y en nuestra bodega nos hemos propuesto poner el foco en esta joya. Por eso nosotros tenemos aquí un facsímil, una copia exacta que es el epicentro de las visitas enoturísticas”.
Después de quedarnos boquiabiertos con esta maravilla de la miniatura altomedieval de 23 kilos y 429 páginas ricamente ilustradas, un auténtico compendio de sabiduría de la época, visitamos el calado-restaurante, donde un grupo ha estado comiendo unas chuletillas que han dejado un olor a gloria. Y con ese olor a sarmiento, que abre el apetito como ningún otro, conducimos hasta la calle Laurel y sus aledaños, para disfrutar de unos deliciosos pinchos riojanos.
Palacios Vinos de Finca
Al día siguiente volvemos al Valle para visitar Palacios Vinos de Finca, un rupturista proyecto iniciado por Javier Palacios en 2009. “Aunque ya tenía una bodega en Ribera del Duero, decide crear en su Albelda natal Nivarius, dedicada exclusivamente a blancos en tierra de tintos. En aquella época parecía una locura, pero fue un visionario, porque hoy en día la tendencia mundial del consumo de vino apunta a los blancos, rosados y espumosos”, explica Vanesa Pérez, responsable de comunicación de Palacios Vinos de Finca.
Algo más tarde, en 2014, comenzó el proyecto de tintos de Rioja, Proelio, que se elabora en una bodega separada de los blancos, pero conectada con ellos a través de un túnel excavado en la tierra y jalonado por barricas de 225 litros.
Mientras dejamos atrás el precioso espacio de eventos de Palacios Vinos de Finca, paseamos por el jardín de variedades que se encuentra entre ambas estructuras bodegueras, perfectamente integradas en el paisaje: “Hemos plantado aquí las mejores viñas de nuestras mejores bodegas para tener un banco genético propio y no tener que recurrir a viveros en caso de que fuera necesario”, explica Vanesa.
Además, nos descubre nuevos proyectos de Palacios, entre los que destaca Kankel, una colección de chocolates ‘bean to bar’: “Se traen las habas de cacao de diferentes partes del mundo y las tostamos aquí, en una fábrica que tenemos en Albelda bajo la supervisión del maestro chocolatero Juan Ángel Rodrigálvarez”. Y, a continuación, nos da unas pinceladas de una de las iniciativas más sorprendentes de todo el valle, también perteneciente a Palacios: Herencia Wagyu, una cabaña de raza 100% wagyu en el corazón de La Rioja.
Herencia Wagyu
Vanesa nos lleva en su coche hasta la Finca La Corrala, que se encuentra a tan sólo unos minutos de la bodega. La granja está en pleno proceso de ensilado y organizando las tareas se encuentra Zaira García, técnico de ganadería y sanidad animal, que lleva ya cuatro años al frente de la explotación.
“Cuando entré había unos 200 animales y ahora son casi 600 -explica-. Tenemos nuestros toros y unas 300 madres que están en semiextensivo, en 40 hectáreas. Una vez al día entran a comer al pabellón y ahí se las amarra para vigilar su salud, si hay que hacer algún tratamiento, observar a los terneros, etc”.
Según nos cuenta Zaira, “se trata de una raza muy rústica que se adapta estupendamente a todo tipo de terreno y temperatura, engorda muy rápido, son mansas y nobles”. Pero, según la joven ganadera, lo que verdaderamente las diferencia es la infiltración de grasa en la carne. “Para conseguirlo no creo que haya que ponerles música o darles masajes, para nosotros es fundamental su bienestar, buscamos que estén lo más tranquilos posible y en las mejores condiciones”, explica desmontando algunos arraigados mitos ganaderos.
Y la verdad es que el cebadero que visitamos es un espectacular ejemplo de silencio y pulcritud que da lugar a una carne exclusiva y marmolada que distribuye Discarlux y se puede degustar en el Wine Bar de Palacios Vinos de Finca en forma de cecina, pastrami, un bikini o una hamburguesa acompañados de los deliciosos vinos de la casa.
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