Una vibrante colección de frutas tropicales frescas en un bodegón.
Desde que el mundo es mundo –que hasta el Génesis lo anticipa–, la Humanidad persevera en el empeño de saborear el fruto elemental o desconocido; conveniente o vedado. Es un afán sin remedio ni culpa en el paraíso terrenal de ahora. Estrenamos su interés en ello antes de convertirnos en seres erectus. Con el olfato más próximo al suelo que cuando luego nos estiramos y pusimos de pie, la fruta madura, desprendida espontáneamente de sus ramas, debió provocar, con sus aromas inmediatos, nuestras primeras apetencias y el interés por acometerlas con el gusto, que es nuestro sentido más ineludible y constante.
Por Luis Cepeda
El entusiasmo goloso se adueñó de nuestros genes desde tan remota antigüedad y la plenitud de la fruta caída del árbol fue nuestra primera certeza gastronómica. Su infinidad de fases dulces nos enseñaron a saborear. Con la verticalidad lograda y la mirada en alto, la vistosidad del fruto sujeto a su ramaje debió recordar al homo sapiens su remoto deleite casual y estimuló sus ganas de descolgarlo para catarlo, activando la recolección más primitiva del ser humano. Y probablemente también, el primer objeto de deseo gastronómico.
Las frutas son el placer más versátil, próximo y renovado que la Naturaleza nos otorga. Sus propuestas no cesan salvo en geografías inhóspitas. Atienden a las estaciones con puntualidad y su esplendor es un lujo que recorre el universo. Responden a la curiosidad de quien aprecia el prodigio periódico en su ciclo natural, lo mismo que cuando aparece, fascinante y enigmático, el fruto desconocido, algo que no acaba, como veremos. Si el lujo consiste en salirse de la rutina, resulta que hay más verdad y privilegio en la sorpresa de un fruto a tiempo que en el artificio de tantos lujos convencionales. Su integridad natural no contiene engaño.
Las expediciones del pasado se sorprendieron del prodigio de la fruta exótica y trataron de traspasarla de un lugar a otro. América nos entregó la maravilla del tomate, un fruto de esencia ácida y a la vez sacarosa; la brutal riqueza oleica del aguacate, la saludable papaya o la diversidad golosa del mango, mientras proporcionábamos al Nuevo Mundo los poderosos nutrientes y la perfecta envoltura de plátanos, naranjas, limones, toronjas y uvas, el gozo carnoso del melocotón y la manzana o la pintoresca granada. Son una expresión mínima del colosal intercambio alimenticio que generó el encuentro entre dos continentes, un fenómeno racional, equitativo y universal que el politiqueo más ruin suele profanar alegando agravios extemporáneos; dejémoslo ahí.
El clima y los suelos de las islas Canarias fueron bastante propicios a la traslación de algunas frutas exóticas de América y de otros continentes, pero algunos entusiastas y expertos de su potencialidad se fijaron, desde mediados del pasado siglo, en las oportunidades climatológicas y agrarias de la franja granadina que transcurre entre las poblaciones de Motril y Almuñécar. En los años sesenta, un indiano anónimo lo verificó –por capricho y sin alcance comercial–, en el Rancho California que puso en las inmediaciones de la costa, con la siembra de diversos frutales americanos que cuajaron muy bien.
Pero fue a comienzos de los años setenta cuando el legendario periodista de la televisión Alfredo Amestoy, autor del programa 300 millones en TVE, dedicado al universo iberoamericano decidió instalar a las afueras de Motril una hacienda agraria a la que llamó La Tropical, avant la lettre, pues “Costa Tropical” es como se denominó más tarde el recorrido mediterráneo de Granada. Dedicó su actividad a la producción de aguacates, entusiasmado por el éxito alimenticio y la expansión social del fruto que observó en América –donde había permanecido largos periodos– y fue, como en tantos otros aspectos del periodismo, todo un precursor y en ello sigue, con un excepcional alcance exportador hacia Francia y Alemania, donde tanto se aprecia la variedad de aguacate Hass, de piel rugosa y oscura, que cultiva y cosecha de diciembre a febrero.
Sin embargo, el personaje que más y mejor encarna el progreso en España de la fruta de origen foráneo y exótica es Julián Díaz Robledo. Precedido del prestigio de Casa Julián, acaso la más célebre de las fruterías familiares del Madrid de su tiempo –situada en Hortaleza con plaza Santa Bárbara–, Díaz Robledo lleva toda su vida entregado a recorrer, aleccionar y divulgar la historia contemporánea de la fruta en España. De curiosidad inagotable y determinación poco común, introdujo en nuestro país productos que hoy resultan cotidianos y en su momento fueron auténticas rarezas. Desde mediados de los años cincuenta, Díaz Robledo centró su vocación en las plantas tropicales y los frutos exóticos, en una época en que se impedía su importación a España, lo que convirtió el obstáculo en un reto personal y primordial. Fue decisivo para abrir camino a cultivos como el aguacate, pieza clave de la agricultura española, especialmente en el litoral andaluz.
Su espíritu inquieto lo llevó a recorrer medio mundo en busca de nuevas especies. En 1969 logró la primera implantación de piñas procedentes de las Azores y más adelante introdujo productos tan singulares como los litchis de Madagascar, los kiwis de Nueva Zelanda o los aguacates de Sudáfrica. Aquellas frutas, escasas y costosas, eran casi objetos de lujo en los mercados españoles. Paralelamente, desarrolló una ejemplar e intensa labor divulgativa. Autor precoz, había escrito, con apenas 18 años –dedicado aún a la frutería familiar–, la monumental obra Atlas de las Frutas y las Hortalizas, cuyo prólogo entusiasta abordó José María Alfaro, diplomático, periodista y presidente de la Academia de Gastronomía en 1981, cuando, por fin, pudo editar la obra ilustrada en toda su extensión de 340 páginas a gran tamaño.
Aunque su función agrícola en el área tropical de Granada y la Axarquía malagueña, donde reside, ha sido extraordinariamente activa sobre el terreno y manos a la obra, es inevitable referirse a su aportación cultural como inolvidable reflejo de su tarea. Títulos como Las mil y una frutas o Historia del aguacate español acreditan no solo conocimiento técnico, sino su apasionada visión de la biodiversidad y la cultura agrícola, mientras que Descubre los frutos exóticos, Otras tierras, otros cielos, Frutos Tropicales en la Costa andaluza, Ruta de los Frutos Tropicales y su obra más reciente, Tropicales raros, raros, raros –publicada en 2019–, verifica las características de más de 130 frutas prácticamente inéditas, durante 500 páginas ilustradas, lo que evidencia su pasión por los frutos exóticos y sugiere la implantación local de algunos de ellos.
Conferenciante habitual dentro y fuera de España, ha compartido su experimentada labor en países de Europa, África y América, consolidándose como referencia internacional en el área de los cultivos tropicales. Su contribución ha sido reconocida con importantes distinciones, entre ellas la Encomienda de Número de la Orden del Mérito Agrícola, la Medalla de Oro al Trabajo Cultural y el Premio Humanidades. Hoy, su legado no solo se mide en libros o reconocimientos, sino en algo mucho más tangible: la presencia habitual en el mercado de frutas que un día fueron exóticas y que, gracias a su visión, forman parte de nuestra vida diaria. Además aún, ante la pantalla del ordenador o examinando brotes, en la plenitud mágica de sus 92 años, asegura que no acaba de vislumbrar propósitos y contarnos sorpresas.
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